Doctor Similo
Los ripios de la materia médica homeopática


Índice
 

Introducción 11
Abrótanum 19
Acónitum napellus 21
Aesculus hipocastánnum 23

Agáricus muscarius 25
Aloe 29
Alúmina 30
Anacárdium 33
Apis mellífica 35
Argéntum metállicum 37
Argéntum nítricum 40
Árnica 44
Arsénicum álbum 45
Áurum metállicum 48
Barita carbónica 52
Belladonna 55
Bórax 58
Bryonia 60
Calcárea carbónica 62
Cápsicum ánnuum 65
Carbo vegetábilis 66
Cáusticum 70
Chamomilla 73
Chelidónium 76
China 82
Coffea cruda 86
Cónium maculátum 88
Cúprum metállicum 92
XVIII ¿Qué se puede curar con la homeopatía? 127
Digitalis 95
Dulcamara 99
Férrum metállicum 100
Graphites 104
Hepar sulphuris calcáreum 105
Hyosciamus 107
Ignatia amara 109
Ipecacuana 111
Iris versicolor 114
Kali bichrómicum 116
Kali carbónicum 118
Kali iodátum 121
Kalmia latifolia 124
Kreosótum 126
Lachesis 128
Lédum palustre 134
Lycopódium 136
Mangánum 139
Medhorrínum 141
Mercurius solúbilis 143
Nátrum muriáticum 146
Nítricum ácidum 149
Nux Vómica 152
Ópium 154
Palládium metállicum 157
Phósphorus 159
Phytolacca 161
Platina 163
Plúmbum 168
Pulsatilla 170
Rhus toxicodendron 173
Sambucus 175
Sepia 177
Silícea 179
Stánnum 181
Súlphur 187
Tabácum 189
Thuja occidentalis 191
Verátrum álbum 193
Zíncum metállicum 197
Epílogo 202

 

Doctor Similo
Los ripios de la materia
médica homeopática

RECOPILADOS, LIGERAMENTE GLOSADOS Y DADOS A LA IMPRENTA POR

EMILIO MORALES PRADO

edición corregida y notablemente aumentada

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Conocí al doctor Similo hace algunos años en un congreso homeopático. Había decidido obsequiarme a mí mismo con un descanso fuera de programa, y mientras paseaba distraídamente por la desangelada antesala en la que se aburrían como yo los responsables de tres o cuatro chiringuitos de libros y medicamentos homeopáticos, reparé en un kiosco donde tenían a la venta un artefacto que no dudaría un segundo en calificar como surrealista, ya que se trataba de un lavador de cólones. Instado por el tedio, me hice explicar todas las particularidades de aquel ingenio y de su uso y, mientras trataba de concertar en mi interior la dignidad que la tradición atribuye a la tarea del médico con los pormenores de la, asimismo muy digna, tarea de lavar los cólones1 de la gente, un toque en el hombro me sustrajo a tan abstrusas ensoñaciones.
–Disculpa –me dijo el responsable de mi sobresalto–, ¿puedo hablar un momento contigo?

Me volví para mirarlo. Era un tipo gordo, bajito, de mirada intensa, entre linfático y atrabiliario, un tanto astroso, que no obstante y de manera inexplicable despertó en mí un remoto sentimiento de simpatía. Caí en la cuenta de que ya lo había visto anteriormente, tal vez husmeando los estantes de cierta pequeña librería esotérica o, lo que es más verosímil, en alguna de las muchas reuniones de trabajo que los homeópatas suelen organizar y a las que esporádicamente he sido invitado. En fin, no pude precisar exactamente las circunstancias, pero tuve la sensación cierta de conocerlo desde mucho tiempo atrás. Le contesté que naturalmente me agradaría escuchar lo que tuviese que decirme. Él sugirió que fuésemos al bar, ya que aún no había desayunado. Se veía que trataba de ser amable, pese a lo cual sus maneras eran bruscas las más de las veces, y sin aparente relación con las intenciones. Imaginé que su infancia habría sido desgraciada, pero vaya usted a saber.

Una vez acomodados en el bar, colocó sobre la mesa una carpeta que llevaba bajo el brazo protegiéndola acto seguido con la mano extendida. Me miró fijamente, tal vez algo más fijamente de lo que una persona bien educada hubiese podido considerar correcto y me dijo:

–Tengo entendido que te gusta la literatura, y que tienes alguna experiencia en el mundo de las publicaciones.
–Mi experiencia es muy escasa en ese terreno –tuve que contestarle.
–Bien, no importa; el caso es que esto que tengo aquí –golpeó dos veces la carpeta con su mano protectora– es un manuscrito. Se trata de una materia médica homeopática en verso. Tú ya sabes que existen antecedentes en la literatura homeopática, pero que nunca se ha editado una en español. He compuesto este librito para divertirme, pero después me ha parecido que podría publicarse, así que quiero confiártelo.
–¿A mí? –repuse con notable aprehensión–, ¿y qué quieres que haga yo con tu manuscrito?
–Publicarlo, ¿qué otra cosa? Yo soy muy raro –¡lo admitía!–, y no me gusta meterme en esos follones.
–A mí me parece que, raro o no raro, en realidad eres muy vago.
–Puede ser –contestó algo molesto–, pero hay más: es que no quiero que esto se publique con mi nombre.
Como yo guardase silencio, añadió algo dubitativo:
–Podrías publicarlo con el tuyo.
–¡Ni hablar!
–Bien, no te enfades –dijo en tono conciliador–, ¿qué te parece “doctor Similo”? Similo es mi nombre de pila; ¿te gusta?
–Mientras no sea mi nombre...
–Estupendo. Entonces, toma –y me extendió muy satisfecho la carpeta.
Tratando de eludir el lance, encogí lo que pude mi cuerpo y sus apéndices. Sentí que mi rostro y toda mi expresión corporal denotaban el rechazo más absoluto. Aunque no parecía muy sensible a este tipo de lenguaje, mi nuevo amigo no tuvo más remedio que percibir la renuencia.
–¿Pero no habías dicho que te parecía bien? –en su voz había un fondo de decepción teñida de reproche. Es un artista el tal Similo.
–Lo que me parece bien es lo que tú hagas con tus versos. Siempre y cuando no me vea yo involucrado.
–¿Entonces no vas a hacerte cargo del manuscrito? –ahora estaba empezando a enfadarse.
–No –dije secamente mientras comenzaba el desayuno que acababan de servirnos.
–Te advierto que te regalaré los derechos de autor –insistió con cierto engolamiento.
–Ni aún así.
–No me extraña –repuso taimado–, ya me habían dicho “cómo” eras tú –aquí hizo una pausa intencionada– “todo el mundo” lo sabe.
Guardó un silencio inquisitivo esperando posiblemente que su dardo envenenado surtiese efecto. Cuando se dio cuenta de que no iba a contestar a la provocación, se le desencadenaron las sentideras, y se vio acometido por un auténtico estado de berrinche que a duras penas podía controlar.
–¿Pues sabes lo que te digo? –masculló con voz que pretendía ser baja pero cuyo tono de explosiva hostilidad hizo volver la cabeza a toda la parroquia–, que quieras o no quieras ahí se queda el manuscrito. Haz con él lo que te parezca.
Se levantó de la silla con gran estruendo y se marchó ofendido, aunque debo reconocer que antes tuvo el detalle de ir a pagar al mostrador. Se ve que no quiso enturbiar su histriónico mutis con un colofón de tacañería.

En fin, me quedé solo con aquella carpeta en medio de un montón de miradas curiosas. Mecánicamente, la recogí y me marché. De vuelta al recinto en el que se celebraba el congreso, la expresión fosca de mi extraño colega me dio a entender que no estaba dispuesto de ninguna manera a volver sobre el asunto, y yo mismo, temeroso de que pudiese montarme otro número, opté por evitarlo. Metí los papeles de Similo en mi cartera de mano y me olvidé de ellos. Estaban en una de esas subcarpetas de documentos de color verde desteñido y, como nunca quise darles un lugar ni supe qué hacer con ellos, un departamento de mi cartera se convirtió en su residencia definitiva. Allí permanecieron durante años acompañándome a cursos, seminarios y reuniones, sin que se me ocurriese siquiera echarles un vistazo, hasta que finalmente el asa de la cartera se partió y hube de llevarla al talabartero para que la reparase. Fue preciso sacar todo lo que había en su interior, y debo decir que me sorprendí al ver que los papeles de Similo estaban allí todavía. De ese modo fue como una tarde de domingo del mes de noviembre, buscando desesperadamente un modo de combatir el aburrimiento, se me ocurrió leerlos.

Similo había titulado su libro Materia médica homeopática en poesía. En cuanto comencé la lectura, me di cuenta de que llamar “poesía” a esta acumulación de líneas cortas resultaba un tanto exagerado. Por eso, y con el fin de no ofender la inteligencia y el buen gusto de los lectores, he estimado más conveniente llamarlos ripios, ya que de tales está lleno el texto. El término ripio, tiene en el diccionario de la Real Academia varias acepciones, entre las que destaco las siguientes: “Palabra o frase inútil o superflua que se emplea viciosamente con el solo objeto de completar el verso, o de darle la consonancia o asonancia requerida.// Conjunto de palabras inútiles o con que se expresan cosas vanas o insustanciales en cualquier clase de discursos o escritos, o en la conversación familiar.” Por razones más que evidentes, ambas acepciones convienen al libro que hoy presento.

Después de leerla tuve la idea, tal vez descabellada, de que a lo mejor podía interesar a alguien, así que decidí publicarla. Más o menos por esas fechas me produjo notable sorpresa recibir una carta de Similo en los siguientes términos: “Querido compañero, puesto que has decidido finalmente publicar mis poemas homeopáticos, considero un deber precisar algunos extremos que podrán ser de utilidad al lector. En primer lugar, debo advertir que están dirigidos exclusivamente a médicos homeópatas: cualquier otra persona que se atreva a leerlos lo hará bajo su propia y exclusiva responsabilidad.

”La descripción de los medicamentos, y de los síntomas a que éstos dan lugar, está forzosamente exagerada a causa, por un lado, de las necesidades de la rima y por otro de la intención, que desde ahora declaro, de mostrar el tema por el lado festivo, aunque estoy seguro de que a ti, tan estirado y pomposo como eres, no te hará ni pizca de gracia. Considero necesaria esta aclaración para advertir al lector que, no siendo homeópata, busque aquí la descripción del remedio que su médico le ha prescrito, de que no se sienta ofendido al identificarse con algunas de las expresiones que se utilizan, ya que todo el texto de mi obra, pese a ser fiel a la materia médica en la esencia, es en su forma un enorme disparate para divertir al lector, jamás para ofenderlo.

”Debo añadir además que en modo alguno pretendo sustituir con estos versos ningún tratado de materia médica, sino sólo aportar al estudio de la misma un nuevo enfoque pedagógico. Ignoro si sabes que durante muchos años me he dedicado a la enseñanza de la homeopatía, y por lo mismo soy dolorosamente consciente de las dificultades que el aprendizaje de la materia médica homeopática conlleva. Precisamente por eso, estimo que cada nueva forma de abordaje puede proporcionar una nueva posibilidad de hacer más fácil la enseñanza.

”Existen, como en su día te comenté, materias médicas en verso anteriores a la mía, pero ninguna que yo sepa en español, así que aunque sólo fuese como curiosidad, el libro podría tener algún interés. Pero si, por el contrario, cuando sea publicado, ni divierte ni enseña ni suscita la menor curiosidad, entonces, querido compañero, el fracaso será tuyo y del editor; de ninguna manera mío, porque te aseguro que mientras escribía disfruté de lo lindo. Espero que pases un buen día.
”Afectuosamente, Similo Romedo Lapera.”

No pasé un buen día. Aparte de la insoportable desfachatez de la carta, me rondaba, y aún me ronda por la cabeza, la idea de cómo diablos habrá podido enterarse Similo de que había decidido publicar su libro. Yo no se lo había dicho a nadie. Todo un misterio. Pero los años me han enseñado que no hay que permitir que ningún misterio de tres al cuarto te amargue la existencia, de manera que ni siquiera intentaré explicarlo.

Volviendo al libro, el contenido de las composiciones de los distintos medicamentos es muy desigual. Unos hacen hincapié en los síntomas característicos, mientras otros tratan (ojo, que sólo digo tratan) de penetrar en la esencia o en el carácter peculiar del remedio. Desde el punto de vista literario (aunque hay que superar una cierta repulsión para llamar a esto literatura), hallamos la misma irregularidad. Imagino que es algo tolerable en las cosas que tienen alguna deuda con eso que llaman “inspiración”.

Me he permitido añadir notas a pie de página para aclarar algunos aspectos del galimatías que en ocasiones llegan a ser estos ripios. El lector sabrá apreciar si pueden serle útiles. Mis notas se añaden indiscriminadamente a las que el texto traía de la mano del doctor Similo. El tono de las mismas permitirá distinguir sin dificultad cuáles pertenecen al autor y cuáles no.
En los lugares en los que Similo escribe “poema”, “poesía”, “oda” o alguna otra de sus palabras grandi-locuentes, me he permitido sustituirlas por “ripio”, expresión que me parece mucho más ajustada a la realidad. Sin embargo, esto no siempre me ha sido posible, en especial cuando la sustitución me obligaba a retocar estrofas completas para adaptar la rima; mi capacidad versificadora tiene, y no me avergüenza confesarlo, unos límites muy ostensibles. De manera que cuando el lector encuentre uno de esos términos, inapropiados por excesivos, allí donde no me ha sido dado sustituirlos, le ruego que haga la oportuna reserva mental. Donde aparece el término “rima” he tenido que respetarlo porque, aunque muy a mi pesar, debo admitir que los dichosos ripios, riman.

Por más que lo intenté no he conseguido que Similo me facilite algunos datos sobre su vida, su trabajo, sus proyectos, que me parecía necesario ofrecer al lector en esta introducción. Él dice que ha decidido “eliminar cualquier rastro de su existencia personal”, lo que, dejando a un lado lo pomposo que resulta, no me parece una idea tan descabellada, especialmente después de haberlo conocido. He tratado de averiguar algo, preguntando a algunos compañeros que habían asistido a aquel congreso en el que me entregó el manuscrito, pero a pesar de que lo describí con todo detalle, nadie parece conocerlo. Cada vez que he recabado información sobre un tipo gordo, bajito, atrabiliario, desaliñado, de mirada impertinente, al que necesariamente tendrían que haber visto, y debo insistir en el hecho de que en toda ocasión lo he descrito al detalle, los compañeros, tras de contemplarme un rato con mirada hermética en la que a veces pude percibir un atisbo de burla, han contestado: “No, no conozco a nadie de esas características”. En fin, hice lo que pude.

Llegados a este punto no me resta, querido lector, otro remedio que dejarte sin más trámite frente a los ripios de Similo. No es que me guste hacerte esto pero, ¡qué diantres!, no quisiera ser el único que ha tenido la experiencia.

Emilio Morales Prado
Sevilla, septiembre de 2007.

 

Nota:

1.- Debido a la escasa dotación del hombre (y por lo demás de los animales) en este tipo de órganos, el plural de colon no existe, de manera que me veo en la obligación de inventarlo. Me he decidido por cólones ya que la otra opción razonable, colones, es un vocablo que sugiere más bien una pluralidad de descubridores de América. Podría sin duda haber optado por utilizar el singular, pero en tal caso el lector habría podido pensar que se trata de un adminículo desechable, y que una vez lavado “un” colon ya no podría ser utilizado de nuevo, lo que no es el caso ya que el artefacto está pensado para lavar un número indeterminado de cólones, todas las veces que su propietario (el de la máquina, no el de algún colon, aunque sin duda es imprescindible que éste consienta) lo estime conveniente.

 

ABRÓTANUM2

La artemisia o ajenjo lleva el nombre
de Artemis, diosa griega que es Diana.
Si ha llegado a adquirir tanto renombre,
más que por sus efectos sobre el hombre
es por esa bebida tan malsana.

Me refiero, ya sabes, a la absenta
no al vermut, que resulta más ligero.
La han usado, lo mismo que la menta,
cuando la digestión es más bien lenta,
como se sabe y consta en mi fichero.

También como vermífugo se usaba
y como emenagogo y abortivo:
cuando alguna mujer no menstrüaba,
un emplasto de ajenjo se aplicaba
o se untaba con grasa de algún chivo.

Pero más que los usos populares,
que a veces aprovecha nuestra escuela,
interesan más bien los similares
que, aunque menos, también tienen añares
porque son más antiguos que mi abuela.

Abrótano es delgado y macilento;
su delgadez empieza por abajo.
A pesar de que come por un ciento
el rostro se le vuelve ceniciento
y pronto se convierte en un cascajo.

Alternancias bastante meridianas,
podrán en ocasiones ser la guía:
alternan reumatismo y almorranas,
diarrea con la total falta de ganas
y así varias dolencias a porfía.

En la leche le gusta el pan hervido
(difícil nos será ver esta cosa);
“migado” me parece parecido
y más fácil de ser reconocido,
pero la prescripción será dudosa.

La cabeza se cae ya que no puede
sostenerla (le falta fortaleza)
y el cuero cabelludo no es la sede
del pelo, que es difícil que se quede
en su lugar, pues no tiene firmeza.

La cara se le arruga como a un viejo
y su abdomen se hincha grandemente.
Sólo tiene los huesos y el pellejo
y esa enorme barriga, que es reflejo
de una clara tendencia intumescente.

Alguna infestación más bien masiva
o una alimentación que no sea sana
pueden llevar a un niño a esta nociva
condición que es bastante regresiva
y que Artemisia abrótanum subsana.

Nota:

2.- Las artemisas tienen composición y virtudes semejantes. Aunque la bebida llamada ajenjo o absenta, así como el vermut, se preparan con la artemisia absinthium, todas las artemisas reciben en botánica el nombre común de ajenjo.

 

ACÓNITUM NAPELLUS

De Acónitum un signo macanudo,
síntoma que subrayo muy, muy fuerte,
se refiere al momento de su muerte
que intenta anticipar tan a menudo.

Claro que él no es profeta ni adivino,
pero la muerte le produce angustia;
eso torna su faz crispada y mustia,
asustada, de aspecto mortecino.

Parir, si la mujer está preñada,
le aterra más allá de lo sensato;
entonces ella añora el celibato:
piensa que morirá, que está acabada.

El signo antecedente o etiológico
más común del remedio, y que le es propio,
es trastornos por susto, como en Opio.
(Si es por ver accidentes eso es lógico.)

Entre las multitudes se acoquina
y el aire que respira se enrarece;
uno de los temores que padece
es el de ahogarse (y no en una piscina).

De la fiebre es remedio, lo adelanto,
que aparece brutal y de inmediato
y trae su inevitable correlato
de excitación, tristeza y hasta llanto.

Y esa fiebre le viene, con frecuencia,
porque tras el sudor se expuso al frío;
ya sin sudor llegó el escalofrío,
luego el calor adquiere prevalencia.

Muy seca está la piel, roja y caliente,
la inflamación es rápida y aguda,
el temor de la muerte lo demuda;
el frío, repito, es buen antecedente.

Con lo que acabo de decir se tiene
lo esencial de esta planta venenosa.
Prescribe en dilución, no sea cosa
que el paciente, al tomarla, se envenene.

 

AESCULUS HIPOCASTÁNNUM

Gran árbol que procede del Oriente,
cuyo fruto parece una castaña,
se cultiva también aquí en España
por su belleza tan magnificente.

En efecto, sus hojas y sus flores
los jardines y parques engalanan,
y dicen los que saben que así ganan
en sombra y en solaz, y son mejores.

Pero en homeopatía no es lo mismo,
y ojo que lo que digo no es un bulo:
su efecto principal es sobre el culo;
de los jardines a esto va un abismo.

Remedio de hemorroides reputado,
que son gruesas, no sangran pero duelen;
sean internas o externas ellas suelen
tener un color púrpura (o morado).

Y a la vez que te chincha en salva sea
la parte que ya fuera mencionada,
la zona lumbosacra es afectada
por un dolor que late y que cocea.

Las varices (la porta anda por medio)
son también importantes en el caso
y (tendrás que saberlo por si acaso)
también laten y pulsan sin remedio.

En la boca y garganta, la mucosa
está muy inflamada, como ardiente
y también en el recto donde siente
fragmentos de madera, ¡vaya cosa!

El calor y el descanso lo empeoran;
el frío y el ejercicio lo contrario.
La congestión venosa: el corolario
que faringe y matriz nos corroboran.

Antes de terminar este remedio,
recordar el ardor al que es propenso
después de las comidas, que es intenso
con regurgitaciones de por medio.

La congestión venosa, ese latido,
el dolor de la espalda tan molesto
son un resumen breve pero honesto.
¿Dije que terminaba? Lo he cumplido.

 

AGÁRICUS MUSCARIUS

Agárico es una seta
o un hongo, como tú quieras
definirlo.
No nace en una maceta;
crece libre cual las fieras,
como un mirlo.

A veces un buscador
con la oronja la confunde
por su aspecto,
pero más de un pecador
la busca por lo que cunde
(por su efecto).

Mas ese efecto buscado
no es a veces lo agradable
que desea,
pues tiene por otro lado
una acción insoportable
que lo brea.

Pero, droga o medicina,
agárico es vegetal
interesante
y desde aquí hasta la China
su estudio es serio y cabal,
importante.

Es notable su delirio
con la fuerza muscular
no explicada.
Y supera al hidrargirio
en la PGP curar.
¡Ahí es nada!

Al igual que el populacho,
exagera sin rubor
y es locuaz.
Y cual si fuese un borracho
enaltece su valor
y es audaz.

Canta y habla sin mesura,
jamás responde a pregunta
ni se achanta.
Por su estado no se apura
y, aún con la fiebre consunta,
ríe y canta.

Pero el esfuerzo mental
lo agota más que a otra gente
que yo veo.
Para la expresión verbal
su memoria es impotente
(o eso creo).

Aversión a que lo toquen;
sobresaltos por la tarde
mientras vela.
Es frecuente que se apoque
como tímida y cobarde
sanguijuela.

Siente pena de sí mismo,
pero abraza a sus amigos
y los besa.
Se mueve como un seísmo
porque se le dan tres higos
si se lesa.

Durante el sueño mejoran
todas sus actividades
excesivas.
Y cuando el raquis le exploran
le dan risas –¡necedades!­–
muy festivas.

Todas esas convulsiones,
sobresaltos, mioclonía
y temblores,
se agravan por supresiones,
por coito (la alferecía)
o licores.

Remedio de sabañones
que se agravan por el frío
(¡cómo pican!).
Son parecidos a habones
y, puesto que tienen brío,
mortifican.

Siente (y esto es señalado)
como si agujas heladas
lo pinchasen
o si después del rascado
zonas que estaban templadas
se enfriasen.

Por lo demás, lo empeoran
cualquier frío, las comidas
y el pensar.
Las tormentas colaboran,
antes de ser producidas,
a agravar.

Los párpados se contraen;
hay nistagmo, diplopía
(no es bisojo).
Y, pues la rima lo trae,
le gusta la profecía
(¡mucho ojo!).

Le parece, en la micción,
que la orina que él excreta
sale fría;
y después la sensación
de que, una gota indiscreta
se saldría.

Y ya para terminar,
una imagen reducida
que dé idea:
te convendrá no olvidar
que el frío en cualquier medida
lo putea.

Recuerda las convulsiones
con cada modalidad
que ya sabes
y también las contracciones
que lo atacan sin piedad.
Y la tabes.

Su carácter excesivo
y el talante fanfarrón
o al contrario:
se vuelve más evasivo,
temeroso y cobardón;
solitario.

Recuerda los sabañones,
lo de las agujas frías,
y acabamos.
Para no tardar eones
(también por no darte el día)
ya nos vamos.