Órganon de la medicina

Índice
 
Nota del editor 5
Prólogo de los traductores 7
Prefacio del autor 17
Introducción 23
Órganon de la medicina 85
Epítome 283

 

Samuel Hahnemann
Órganon de la medicina

 

 

Nota del editor

La presente edición ha podido ver la luz gracias al impulso de la Federación Española de Médicos Homeópatas y muy en especial a los buenos oficios de su presidenta, la doctora Inmaculada González-Carbajal García, quien, consciente de la importancia de disponer en castellano de una correcta traducción del alemán de la obra fundamental del método homeopático, se comprometió personalmente e instó a la Federación a colaborar con Editorial Mínima en este proyecto.
Editorial Mínima, cuyo principal propósito es el de incrementar en calidad y en número el patrimonio bibliográfico homeopático en lengua castellana, quiere dejar justa constancia de la ayuda recibida y agradecer, tanto a la doctora González-Carbajal como a la Federación Española de Médicos Homeópatas, el esfuerzo realizado en favor de la homeopatía.

 

Prólogo de los traductores

Ésta es la última edición de la principal obra del método homeopático y por consiguiente recoge el pensamiento y la experiencia de un Hahnemann anciano. En efecto, un poco antes de su muerte, Hahnemann dedicó dieciocho meses a su preparación, pero no llegó a verla publicada. El texto consistía en correcciones y añadidos sobre un ejemplar de la quinta edición. Su viuda Mélanie, la segunda señora Hahnemann, no debió de considerar adecuada la publicación de la obra a pesar de la expectación que el anuncio de la misma había suscitado entre los homeópatas de todo el mundo, de modo que el manuscrito tuvo que esperar ochenta años a que un médico alemán formado en América, el doctor Haehl, con la ayuda financiera del homeópata norteamericano William Boericke, lo comprase a los herederos junto con una importante cantidad de documentos de Hahnemann y procediese a su inmediata publicación.
Como es sabido, un hijo del doctor von Bönninghausen, uno de los mejores amigos de Hahnemann, se casó con una hija adoptiva de Mélanie. Esta circunstancia hizo que, a la muerte de la viuda, el legado fuese a parar a la hacienda que los Bönninghausen poseían en Darup, en la región alemana de Westfalia (hoy Renania del Norte-Westfalia). Ésa es la razón de que el legado documental de Hahnemann recuperado por Haehl sea conocido como “el tesoro de Darup”.
Una vez rescatado el tesoro, Haehl envía a Boericke el original de la sexta edición(1) mientras que el propio Haehl conserva “una copia fiel de la sexta edición del Órganon, exactamente igual al original en posesión del profesor Boericke, de San Francisco. Esta copia había sido realizada en su momento bajo la supervisión de Mélanie Hahnemann, y concuerda en todos los detalles con el texto de la quinta edición, ampliado y mejorado por el mismo Hahnemann”(2). Se trata, según explica el propio Haehl en su Introducción a la obra póstuma de Hahnemann, de la misma copia a la que se refiere Mélanie en una carta a Hering con fecha 25 de septiembre de 1865: “ Se hizo una copia del original tan poco fiable que era imposible hacer algo decente con ella. Al igual que usted, no permitiría que se modificara ni una sola palabra del texto original. Por ello me he visto obligada a encargar una nueva copia que se está llevando a cabo en mi presencia y bajo mi supervisión...”(3). Esta copia constituye la fuente de la sexta edición del Órganon de la medicina tal y como se editó en 1921: “La copia manuscrita que menciona la señora Hahnemann, incluidos todos los cambios que Hahnemann había realizado, se encontraba ciertamente entre los documentos del legado. Esta copia ha cumplido por fin su objetivo, en tanto en cuanto ha servido de base para la edición de esta sexta versión del Órganon después de que su fidelidad al texto original ha sido comprobada mediante un cotejo minucioso con el original de Hahnemann.(4)”
Las fuentes alemanas de la sexta edición del Órganon que hemos tomado como referencia son la edición clásica de Haehl de 1921, la traducción inglesa de Boericke aparecida en 1922 (Boericke y Tafel) y las más recientes (edición estándar y crítica) de Schmidt(5) realizadas a partir del manuscrito original.
En su edición crítica, este último señala los pasajes, palabras, etc., que en el original se encuentran en hojas añadidas, ya que su inclusión en un lugar u otro del texto principal se halla sometida a un cierto factor de incertidumbre que podría tener incidencia en el contenido de los párrafos afectados. En dicha edición señala igualmente los pasajes escritos por manos distintas de las de Hahnemann (el autor llega a contabilizar al menos siete caligrafías diferentes de las del fundador de la homeopatía) y también, esto es muy significativo, aquellos párrafos en los que el folio original ha sido arrancado y sustituido exclusivamente con texto procedente de pluma extraña. Acerca de estas supuestas intrusiones en el texto original, Schmidt entiende que tres de estas manos se remontan a tiempos en los que Hahnemann vivía y sólo suponen variaciones estilísticas con respecto al contenido de la quinta edición, aunque no se sabe a ciencia cierta a quién corresponde la caligrafía ni quién dicta dichos cambios; los añadidos en letra gótica (una de las plumas ajenas) debieron de ser dictados por Hahnemann, además de revisados y corregidos por él mismo, de propia mano; los párrafos introducidos por Haehl se identifican de modo inequívoco y, según Schmidt, su fidelidad para con el original es la más difícil de demostrar.
Especialmente problemáticos serían los textos de las observaciones 6* y 7 del parágrafo 270 y de la observación del parágrafo 284, que en el original aparecen con la caligrafía de Haehl. Al respecto, Schmidt observa que si se quisiera dudar acerca de la veracidad de las fuentes consultadas, que ya no pueden serlo por haberse perdido, o de la meticulosidad de Haehl, ello acarrearía ciertamente consecuencias respecto al contenido de la obra. Y termina diciendo que las especulaciones acerca de si estos párrafos de Haehl pudieran corresponder a otra fuente (otro escrito de Hahnemann) distinta de la copia que el editor del texto más clásico poseía no pasan de ser eso, especulaciones.
Lo más razonable es pensar que la fuente de Haehl fue precisamente la copia supervisada personalmente por Mélanie Hahnemann. En efecto, durante los años que siguieron a la muerte de la viuda, alguna de las hojas añadidas al original habría podido extraviarse, mientras la copia, al no contener hojas añadidas o pegadas, no pudo correr la misma suerte. Esto explicaría las adiciones de Haehl al texto original con el fin de reponer la integridad del manuscrito de Hahnemann. Aunque, perdida la copia de Haehl, tal hipótesis sea especulativa, no deja por ello de ser plausible. De otro modo, ¿qué podría explicar una intromisión de tal naturaleza por parte del meticuloso Haehl? No hay que perder de vista que pasó veinticinco años de su vida reuniendo documentación para su obra sobre la vida de Hahnemann, lo que pone de manifiesto su enorme apego a la exactitud de los datos. Eso por no hablar de su inquebrantable adhesión a Hahnemann y a sus ideas.
Por otra parte, Boericke, que no podía ignorar la aportación, la da por buena al no mencionarla, y el propio Schmidt, aunque como es natural la señala, le concede el beneficio de la duda, según ya hemos hecho constar(6).
Schmidt afirma que el texto que él ha editado (tanto el provisto de aparato crítico como el estándar) descansa por completo en el manuscrito original, incluyendo estos párrafos de procedencia no determinada aportados por Haehl. Afirma igualmente que entre este texto suyo y la edición clásica de Haehl hay más diferencias, ya que esta última se aparta numerosas veces del original en cuestiones de ortografía, puntuación y separación por párrafos, así como de inclusión y exclusión de sílabas sueltas, palabras e incluso partes de oraciones. Los traductores, tras cotejar ambas ediciones, hemos valorado que tales diferencias afectan poco o nada al contenido del texto, además de quedar en su mayor parte anuladas en el proceso de traducción, razón por la cual hemos preferido utilizar como fuente principal la ya clásica versión de Haehl. También ha pesado en nuestra decisión, dado lo problemático que resulta establecer al detalle el verdadero contenido del texto hahnemanniano, la proximidad de Haehl al texto original así como a las circunstancias que rodearon su hallazgo y posterior manipulación, todo lo cual lo convierte, a nuestro parecer, en la persona más cercana y más fiable en lo que se refiere a esta edición póstuma de Órganon de la medicina.
Reconocemos, sin embargo, la importancia documental del trabajo de Schmidt, con el que hemos contado permanentemente, así como con la traducción inglesa de Boericke, que también procede (al menos por lo que se refiere a las diferencias con la quinta edición) del manuscrito original.
Haehl hace preceder su edición de un prólogo de 68 páginas dedicado en buena parte a un resumen de la vida de Hahnemann así como al repaso de las diferencias existentes entre las ediciones quinta y sexta. Estos contenidos resultan de escaso interés por lo que a la presente traducción se refiere. Además el lector podrá encontrarlos expuestos con mayor amplitud en la biografía de Hahnemann, ya mencionada, así como en otras obras, por lo que hemos decidido no incluirlo. Tampoco hemos incluido un epílogo conteniendo algunos escritos menores de Hahnemann, por razones obvias.
La presente traducción se ha realizado siguiendo el mismo procedimiento utilizado en Órganon de la medicina racional(7), y que fue expuesto en el prólogo correspondiente, por lo que no insistiremos en ello.
Los que hayan tenido ocasión de leer esa primera edición podrán constatar aquí un importante cambio no sólo en los contenidos, sino también en el estilo, que con los años se ha vuelto más difícil, más enrevesado, más reiterativo. Esto responde sin duda al deseo del autor de no dejar ningún cabo suelto, de explicar hasta el mínimo detalle sus observaciones y sus ideas, que a estas alturas de su vida han sido tan vapuleadas por propios y extraños; a lo que podríamos interpretar, en suma, como una necesidad de fijar definitivamente su legado. Por fortuna, el proceso de traducción, que obliga naturalmente a reordenar la sintaxis, los signos de puntuación, etc., ha contribuido a minimizar las dificultades del texto original.
Hemos tratado de facilitar en notas al pie la comprensión de todos los términos o expresiones que, tanto desde un punto de vista técnico o histórico como también lingüístico, pudieran suponer un obstáculo para el lector ilustrado medio. El lector especializado sabrá disculpar cualquier exceso de celo en tal sentido.
Las notas a pie de página de la presente edición son en su totalidad notas de los traductores. Por lo que se refiere a las notas del autor, que la edición de Haehl trae a pie de página, es preciso hacer algún comentario. En la primera edición del Órganon, Hahnemann utiliza el término “Anmerkung” (observación o comentario) para denominar sus glosas al texto y sitúa tales observaciones a continuación de cada parágrafo sin referencia precisa al lugar de origen. A partir de la segunda edición esas observaciones se convierten en notas a pie de página. No tenemos muy claro que dicha transformación respondiese a los deseos de Hahnemann, sino que más bien sospechamos que fue debida a la moda editorial. En efecto, el término “Anmerkung” significa básicamente “observación” aunque hoy en día muchos científicos llaman así a lo que se encuentra dentro de una nota a pie de página. Por otra parte, la palabra “Fußnote”, “nota al pie”, es tan sólo descriptiva (indica el lugar físico en el que se sitúa), y lo cierto es que Hahnemann nunca la emplea, sino que sigue utilizando el término “Anmerkung” hasta la sexta edición. ¿Pueden ambas palabras ser consideradas sinónimos? Depende del contexto, naturalmente. Desde un punto de vista semántico deben separarse, pues el término “Anmerkung” incluye en su significado cualquier forma de texto adicional y, sin embargo, “Fußnote” es la forma especial de “Anmerkung” ubicada en el margen inferior de la página, pudiendo además no contener ningún comentario propiamente dicho, sino una referencia bibliográfica, por ejemplo. No obstante, algunos autores las emplean sistemáticamente como sinónimos, confusión que se acentúa conforme se acerca el siglo XX.
Puesto que, como hemos dicho, Hahnemann no emplea el término “Fußnote”, sino “Anmerkungen” y puesto que en la primera edición del Órganon dichas observaciones aparecen al modo clásico, nos sentimos legitimados para opinar que el cambio de observaciones a notas respondería a una iniciativa de los editores y no del propio Hahnemann(8). Así pues, siguiendo el criterio de la primera edición, hemos colocado las observaciones al final del parágrafo al que pertenecen; hemos utilizado números árabes entre corchetes para identificar el punto del texto al que la nota está vinculada y repetido la misma notación más abajo a continuación de “Observ.”
En cuanto a las notas (observaciones) que Hahnemann añade a sus propias observaciones, las dejamos al final de la observación correspondiente señalando su relación al texto con un asterisco.
Por otra parte, en la Introducción a Órganon de la medicina racional no aparecían observaciones, dándose la circunstancia de que sí aparecen en ésta. Hemos utilizado aquí el mismo procedimiento, señalando el vínculo entre texto y nota con un número entre corchetes, pero al no estar la introducción formada por parágrafos, hemos colocado cada “Observ.” (tanto en la Introducción como en el Prefacio) después del punto y aparte que sigue al lugar del texto en el que se origina, es decir, con relación a cada párrafo.
Además de las razones ya expuestas (suficientes a nuestro entender), ha pesado mucho en nuestra decisión la comodidad del lector. En efecto, si conservásemos las notas de Hahnemann a pie de página, necesariamente habríamos de colocar las notas de traducción al final del texto, lo que supone, como todo el mundo sabe, un engorro a la hora de la lectura. De ningún modo habría sido razonable entremezclar nuestras notas con las del autor (procedimiento legítimo en otros textos) porque al tratarse de una obra, por así decir canónica, tal mezcla supondría un serio inconveniente para ulteriores citas o referencias. Así pues, al optar por el modo clásico (hahnemanniano) de disponer las observaciones al texto, estamos convencidos de favorecer tanto al lector común como al investigador.
Con respecto a las notas de traducción, queremos subrayar que en las mismas hemos procurado ser objetivos y por así decir neutrales. Pero si inconscientemente hemos vertido en las mismas alguna opinión personal que pudiese inducir a una lectura sesgada del texto de Hahnemann, el lector hará bien en ignorarla.
Los títulos de obras que aparecen en el texto en un idioma distinto de alemán los hemos dejado en el idioma en el que aparecen, dando a pie de página la traducción y alguna nota aclaratoria cuando lo hemos considerado necesario. En cuanto a los títulos de las obras que aparecen en alemán en el texto, damos traducidos los que pertenecen a Hahnemann y dejamos el resto (de los que, por otra parte, no nos consta que existan versiones en español) en su idioma original.
Finalmente, queremos agradecer su inestimable colaboración a los amigos que tan generosamente nos han ayudado en la elaboración, anotación y corrección del texto: Rocío Larreta Zulategui, Gabriel Martel Bravo, Celia Larreta Zulategui, Martin Dinges, Matthias Wischner y Matilde Rubín Córdoba.

Emilio Morales Prado
Juan Pablo Larreta Zulategui
Sevilla, noviembre de 2008.

 

Notas:

1 El original enviado por Haehl a Boericke en 1920 se halla en la biblioteca de la Homeopathic Foundation of California. Boericke publicó una traducción al inglés en 1922.

2 Richard Haehl. Samuel Hahnemann, fundador de la homeopatía. Su vida y su obra. T. I, cap. XXVI. Editorial Mínima (en prensa).

3 Samuel Hahnemann. Organon der Heilkunst. 6. Auflage. Verlag von Willmar Schwabe. Leipzig, 1921. Vorrede des Herausgebers zur 6. Auflage von Hahnemanns Organon, p. XXI.

4 Ibid., p. XXII. Esta copia que sirvió de base a Haehl para su edición ha desaparecido.

5 Samuel Hahnemann. Organon der Heilkunst. Textkritische Ausgabe der 6. Auflage, bearbeitet und herausgegeben von Josef M. Schmidt. Karl F. Haug Verlag, 1992 y Samuel Hahnemann. Organon der Heilkunst. Standardausgabe der 6. Auflage, bearbeitet und herausgegeben von Josef M. Schmidt. Karl F. Haug Verlag, 1999.

6 No obstante, existe una edición presentada por el doctor Künzli, titulada Organon original (Organon Verlag, 1981) que estaría “depurada de todos los añadidos hechos por Haehl en 1921”. Cfr. Jacques Baur. Un livre sans frontières. Histoire et métamorphose de l’Organon de Hahnemann, Boiron, 1991, pp. 40, 42 y 43.

7 Editorial Mínima, 2006.

8 No somos los primeros en pensar así: antes que nosotros, Schmidt ha incluido en el texto las notas de Samuel Hahnemann, si bien su forma de disponerlas es diferente de la nuestra. Cfr. Samuel Hahnemann, Organon der Heilkunst. Textkritische Ausgabe der 6. Auflage, bearbeitet und herausgegeben von Josef M. Schmidt. Karl F. Haug Verlag, 1992 y Samuel Hahnemann. Organon der Heilkunst. Standardausgabe der 6. Auflage, bearbeitet und herausgegeben von Josef M. Schmidt. Karl F. Haug Verlag, 1999.

 

ÓRGANON

§ 1

La única y suprema misión del médico es la de restituir la salud del enfermo, lo que se denomina curar [1].
Observ. [1].- No debe dedicarse a construir los llamados sistemas basándose en ocurrencias vanas e hipótesis sobre la esencia interna de los procesos vitales y de los orígenes de las enfermedades en el invisible interior del cuerpo (y muchos médicos, en busca de gloria, han dilapidado así su energía y su tiempo). Tampoco debe intentar ofrecer innumerables explicaciones sobre los fenómenos morbosos y sus causas primeras (que siempre permanecerán ocultas), etc., empleando para ello palabras incomprensibles y un lenguaje rebuscado lleno de expresiones abstractas, por más que puedan sonar doctas y admirar al ignorante. Mientras, el mundo de los enfermos sueña en vano con recibir ayuda. Ya hemos tenido bastante de estas doctas extravagancias (a las que denominan medicina teórica y para las que incluso crean cátedras propias), por lo que va siendo hora de que todos aquéllos que se llamen médicos dejen de una vez por todas de confundir a los pobres pacientes con su verborrea y comiencen a actuar, es decir, a ayudar de verdad y a curar.

§ 2

El ideal supremo de curación consiste en restituir la salud de manera rápida, suave y permanente, esto es, en extirpar y aniquilar por completo la enfermedad por el camino más breve, seguro e inocuo posible basándose en principios que se comprendan con claridad.

§ 3

Si el médico distingue claramente qué es lo que debe ser curado en las enfermedades, es decir, en cada caso individual de enfermedad (reconocimiento de la enfermedad, indicación); si descubre con certeza qué hay de curativo en las medicinas, es decir, en cada medicina en particular (conocimiento de los poderes medicinales); si sabe cómo adaptar, de acuerdo a principios nítidamente definidos, lo que hay de curativo en las medicinas a aquello indudablemente mórbido que ha descubierto en el paciente, de modo que la curación tenga lugar (adaptación que concierne tanto a que los efectos de la medicina sean adecuados al caso que se le presenta -selección del remedio indicado- como al modo exacto de prepararla, a la cantidad requerida -dosis apropiada- y al intervalo más conveniente con el que la dosis deba repetirse); si, por último, conoce los obstáculos para la curación que pueden presentarse en cada caso y es conocedor de cómo eliminarlos a fin de que la recuperación sea duradera, se puede afirmar que un médico así sabe actuar juiciosa y racionalmente y que es un verdadero facultativo del arte de curar.

§ 4

Este médico es también un mantenedor de la salud si conoce todo lo que la deteriora y todo lo que ocasiona la enfermedad, y sabe además cómo alejarlo de las personas sanas.

§ 5

En la tarea de curar, al médico le resultan de utilidad los detalles relativos a la causa que con mayor probabilidad propició la enfermedad aguda y también los puntos más relevantes en la historia completa de la enfermedad crónica. Esta información lo capacitará para descubrir la causa fundamental de la enfermedad, generalmente un miasma crónico. En esta investigación, el médico deberá tener en cuenta: la constitución física del paciente (en especial cuando la enfermedad es crónica), sus rasgos anímicos e intelectuales, sus ocupaciones, sus hábitos y su modo de vida, sus relaciones sociales y domésticas, su edad, su actividad sexual, etc.

§ 6

El observador desprovisto de prejuicios, conocedor de la futilidad de las especulaciones trascendentales, que no pueden ser confirmadas por la experiencia, ante cada caso individual de enfermedad tan sólo toma nota de los cambios del cuerpo y de la mente reconocibles por medio de los sentidos (fenómenos mórbidos, accidentes, síntomas), esto es, toma nota de las desviaciones respecto al estado de salud previo del individuo ahora enfermo, desviaciones sentidas por el mismo paciente, percibidas por quienes le rodean y observadas por el médico. Todos estos signos perceptibles representan la enfermedad en toda su extensión y, en su conjunto, conforman la verdadera y única forma concebible de la enfermedad [1].
Observ. [1].- Por ello ignoro cómo les ha sido posible a los médicos junto a la cabecera del enfermo permitirse suponer que debían buscar y podían descubrir únicamente en el interior oculto y no reconocible aquello que requería ser curado, prescindiendo de un cuidadoso examen de los síntomas para guiarse por ellos en el tratamiento. ¿Y esta presunción arrogante y ridícula de poder descubrir la alteración que ha ocurrido en el interior invisible sin conceder mayor atención a los síntomas y de poder corregirla con medicinas (¡desconocidas!) quiere ser la única a la que se denomine como un tratamiento racional y exhaustivo? ¿No son para el médico los síntomas perceptibles por medio de los sentidos la enfermedad misma, dado que jamás podrá verse esa energía espiritual, la fuerza vital, que produce la enfermedad? Además, para poder curar, el médico sólo necesita ver y experimentar los efectos mórbidos de esa energía. ¿Qué estará pretendiendo ahora la vieja escuela con eso de buscar una prima causa morbi en el interior oculto a la vez que rechaza y desprecia desdeñosamente como objeto de curación la representación perceptible y manifiesta de la enfermedad, esos síntomas que con tanta evidencia se expresan? ¿Qué es lo que pretenderán curar aparte de esos síntomas?

§ 7

Por tanto, como en una enfermedad en la que no se presente alguna causa evidente que la propicie o la mantenga (causa occasionalis), y que sea susceptible de ser eliminada [1], no puede percibirse nada aparte de sus síntomas mórbidos, han de ser sólo éstos últimos, además de considerar la posibilidad de un miasma y de prestar atención a las circunstancias accesorias (§ 5), el medio por el cual la enfermedad indique el medicamento adecuado para ser aliviada. En definitiva, el conjunto de los síntomas, esa imagen que refleja hacia afuera la esencia interna de la enfermedad, el sufrimiento de la fuerza vital, tiene que ser el medio fundamental o, más aún, el único medio por el cual la enfermedad pueda hacer saber qué remedio requiere, lo único que puede determinar la selección del medicamento más apropiado. En una palabra, la totalidad [2] de los síntomas debe ser lo principal, lo único en definitiva, que el médico debe reconocer en todo caso de enfermedad y lo que debe eliminar mediante su arte, a fin de que la enfermedad sea curada y transformada en salud.
Observ. [1].- Innecesario es decir que todo médico inteligente deberá eliminarla cuando exista pues así, por lo general, la indisposición cederá por sí misma. Hará retirar de la habitación las flores de aroma intenso, pues éstas tienden a ocasionar síncopes y ataques de histeria; extraerá de la córnea el cuerpo extraño que provoca la inflamación ocular; quitará de un miembro lastimado el vendaje demasiado apretado que podría ocasionar gangrena y aplicará otro más adecuado; pondrá al descubierto la arteria herida y hará una ligadura sobre ella para evitar desmayo; intentará provocar la expulsión por el vómito de las bayas de belladona, etc., que hayan sido ingeridas; extraerá los cuerpos extraños que puedan haber sido introducidos en los orificios del cuerpo (nariz, esófago, oídos, uretra, recto, vagina); triturará los cálculos vesicales, abrirá el ano sin orificio del recién nacido, etc.
Observ. [2].- En todas las épocas los médicos de la vieja escuela, por no conocer otro procedimiento para aliviar, han intentado combatir, y en lo posible suprimir, mediante medicinas, síntomas aislados de entre los varios que constituyen las enfermedades. Éste es un procedimiento unilateral que, bajo el nombre de tratamiento sintomático, ha merecido con toda justicia el menosprecio general, pues con él no sólo no se ha ganado nada sino que además se ha infligido mucho daño. Pretender que un solo síntoma aislado sea toda la enfermedad es como pretender que un solo pie sea todo el hombre. Además, este procedimiento era tanto más deplorable en cuanto que trataba esos síntomas aislados únicamente mediante un remedio opuesto (es decir, de un modo paliativo o enantiopático) de manera que, tras un leve alivio, sólo se conseguía una agravación mayor.

§ 8

No es concebible ni demostrable por la experiencia que, una vez eliminados todos los síntomas de la enfermedad y la totalidad de sus fenómenos perceptibles, quedase o pudiese quedar algo aparte de la salud y que la alteración mórbida persistiese internamente sin ser erradicada [1].
Observ. [1].- Cuando alguien ha sido curado por un verdadero médico de modo que no haya quedado en él ningún síntoma de la enfermedad y todos los indicios de la salud hayan retornado permanentemente, ¿podría alguien, sin ofender al sentido común, afirmar que en ese individuo la enfermedad corporal íntegra aún permanece en el interior? Y, sin embargo, eso es lo que afirma el preboste de la vieja escuela, Hufeland (Homöopathie, pp. 27, 1, 19), con las siguientes palabras: “La homeopatía puede eliminar los síntomas pero la enfermedad persiste.” Esta afirmación la hace en parte mortificado por los progresos hechos por la homeopatía en el arte médico y en parte porque aún se aferra a una concepción materialista de la enfermedad, a la que todavía no es capaz de concebir como un estado modificado del organismo debido a que la fuerza vital se ha visto afectada dinámicamente. En lugar de ello, considera que la enfermedad es una cosa material que, una vez sucedida la curación, podría permanecer oculta en algún rincón interior del organismo para interrumpir a discreción con su presencia material un estado de salud excelente. ¡Así de temible es todavía la ceguera de la antigua patología! No puede asombrarnos el que tan sólo haya podido generar un sistema terapéutico que únicamente se preocupa de purgar al desdichado enfermo.

§ 9

En el hombre sano la fuerza vital de naturaleza espiritual, la dynamis que anima al cuerpo material (organismo), gobierna con poder irrestricto (autocracia) y mantiene todas las partes del organismo en un proceso vital admirablemente armónico de sensaciones y funciones, de modo que nuestra mente intrínseca y racional se puede servir con toda libertad de este instrumento vivo y sano para los propósitos más elevados de nuestra existencia.

§ 10

El organismo material, desprovisto de la fuerza vital, es incapaz de sentir, de tener actividad, de sobrevivir [1]. Sólo la esencia inmaterial que anima al organismo material tanto en estado de salud como de enfermedad (el principio, la fuerza vital) proporciona a éste sus sensaciones y hace que se efectúen las funciones vitales.
Observ. [1].- Está muerto y, sujeto ya únicamente al poder del mundo físico externo, se descompone y se desintegra en sus constituyentes químicos.

§ 11

Cuando una persona cae enferma, es solamente esta fuerza vital, espiritual, autónoma y presente en todo el organismo la que ha sido perturbada por la influencia dinámica [1] ejercida por un agente morbífico hostil a la vida. Tan sólo el principio vital perturbado hasta un estado tan anormal es capaz de provocar en el organismo esas sensaciones desagradables y predisponerlo a esas actividades inadecuadas que denominamos enfermedad, pues esta fuerza esencial invisible de la que sólo podemos percibir sus efectos sobre el organismo, únicamente da a conocer su perturbación mórbida por la manifestación de la enfermedad en las sensaciones y las funciones (lo único que el organismo expone a la percepción del observador y del médico), o sea, por los síntomas mórbidos, y de ningún otro modo puede conocérsela.
Observ. [1].- ¿Qué es la influencia dinámica, la fuerza dinámica? Podemos observar que nuestra tierra, en virtud de una fuerza oculta e invisible, mantiene a la luna en rotación alrededor de ella en veintiocho días y algunas horas, y que recíprocamente la luna, a horas definidas (aparte de algunas diferencias entre la luna llena y la luna nueva) levanta nuestros mares situados al Norte hasta la pleamar y luego los abate hasta la bajamar. Vemos esto y nos sorprendemos, pues nuestros sentidos no perciben cómo sucede. Evidentemente ocurre sin la intervención de instrumentos materiales ni de dispositivos mecánicos como los que se usan en los trabajos humanos; y así también vemos cómo otros numerosos acontecimientos a nuestro alrededor resultan de la acción de una sustancia sobre otra sin que pueda advertirse conexión sensible alguna entre causa y efecto. Sólo la persona cultivada, ejercitada en comparar y deducir, puede formarse una suerte de idea suprasensible suficiente para mantener alejado de sus conceptos todo lo material o mecánico al aprehender estos conceptos. Una persona así denomina a estos efectos dinámicos y virtuales, es decir, resultado del poder y el efecto puros, absolutos y específicos de una de las sustancias sobre la otra. Así, por ejemplo, el efecto dinámico de las influencias que ocasionan la enfermedad en el hombre sano y la fuerza dinámica de las medicinas sobre el principio vital al restituirle la salud no son sino infección, es decir, nada material ni mecánico en modo alguno. Se asemejan a la energía de un imán que atrae a una pieza de hierro o de acero situada en su cercanía: uno ve que la pieza de hierro es atraída por un polo del imán, pero no ve cómo sucede. La energía invisible del imán no requiere de medios auxiliares mecánicos (materiales), garfios o palancas, para atraer el hierro. Ella lo atrae hacia sí actuando sobre la pieza de hierro o sobre la aguja de acero por medio de una fuerza puramente inmaterial, invisible, espiritual y propia, es decir, dinámica, y comunica a la aguja de acero la fuerza magnética (dinámica) de modo igualmente invisible. La aguja de acero se vuelve magnética aun a distancia del imán, sin que éste la toque, y contagia a otras agujas de acero con la misma propiedad magnética (dinámica) con la que ella ha sido previamente contagiada, exactamente de igual modo en que un niño con viruelas o sarampión comunica a otro niño próximo, sano y al que no ha tocado, las viruelas o el sarampión de un modo invisible (dinámicamente), o sea, que lo infecta a distancia sin que nada material se traslade ni pueda trasladarse desde el niño infeccioso hasta el niño que va a ser infectado. Una influencia espiritual, puramente específica, comunica al niño próximo la misma enfermedad de viruelas o sarampión, del mismo modo que el imán comunicó a la aguja cercana la propiedad magnética.
De un modo similar debe juzgarse el efecto de las medicinas sobre el hombre vivo. Las sustancias naturales que se revelan como medicinales son únicamente medicinas en tanto en cuanto poseen cada una de ellas su propia fuerza específica capaz de alterar el estado de salud del hombre mediante una influencia espiritual, dinámica, ejercida (por medio de las fibras vivientes y sensibles) sobre el principio vital espiritual que gobierna la vida.
La propiedad medicinal de esas sustancias naturales que denominamos en sentido estricto medicinas está en relación con su fuerza para provocar alteraciones en el estado de salud de la vida animal. Su influencia espiritual (dinámica), capaz de alterar la salud, alcanza únicamente a este principio vital. Así como la proximidad de un polo magnético puede comunicar al acero solamente energía magnética (mediante una especie de contagio), pero no puede comunicar otras propiedades (por ejemplo, mayor dureza o mayor ductilidad, etc.), del mismo modo toda sustancia medicinal en particular altera por una suerte de contagio el estado de salud del hombre de un modo particular y exclusivo que le es propio, y jamás de un modo que sea particular de alguna otra medicina, tan ciertamente como que la proximidad de un niño enfermo de viruelas ha de transmitir sólo viruelas y no sarampión a otro niño sano. Estas medicinas actúan sobre nuestro estado de salud sin transmisión alguna de partículas materiales, de un modo dinámico, como si fuera por contagio.
Cuando se usan dosis mínimas de medicinas bien dinamizadas (en las cuales puede haber, de acuerdo a los cálculos, tan poco de sustancia material que su exigüidad no puede ser pensada ni concebida por la mente más matemática) se origina mucha más fuerza curativa que cuando se usan grandes dosis de la misma medicina en sustancia. En definitiva, sólo las dosis mínimas pueden contener casi exclusivamente la fuerza medicinal pura, libremente desarrollada y espiritual, ocasionando unos efectos tan grandes sólo por su acción dinámica como jamás se alcanzarían administrando grandes dosis de la misma sustancia medicinal en estado crudo.
No es en los átomos físicos de estas medicinas altamente dinamizadas ni en sus superficies físicas o matemáticas (con las que se ha tratado de explicar materialmente, pero en vano, la inmensa energía de las medicinas dinamizadas) donde reside la fuerza curativa. Es mucho más probable que en el glóbulo humedecido o en su solución se encuentre de manera invisible una fuerza medicinal específica, puesta al descubierto y que se ha liberado de la sustancia medicinal, la cual ejercerá su influencia dinámica sobre todo el organismo (sin transmitirle absolutamente nada material) por contacto con las fibras animales vivas, y ciertamente lo hará con tanta más fuerza cuanto más libre y más inmaterial se haya vuelto la fuerza por obra de la dinamización.
Entonces, ¿puede resultarle tan extremadamente imposible a nuestra famosa época, tan rica en cabezas ilustradas y pensantes, entender que la fuerza dinámica es algo inmaterial, cuando diariamente vemos fenómenos que no pueden ser explicados de otra manera? Si alguien contempla algo nauseabundo y por ello le entran ganas de vomitar, ¿sucede eso acaso porque algún emético material se ha introducido en su estómago y le impele a tal movimiento antiperistáltico? ¿No ha sido únicamente el efecto dinámico de esa visión nauseabunda actuando sobre su imaginación? Y si alguien levanta su brazo, ¿ocurre eso por acción de un instrumento material, visible? ¿Por una palanca? ¿No es únicamente la fuerza espiritual y dinámica de su voluntad la que lo eleva?

§ 12

Es solamente la energía vital afectada mórbidamente lo que produce las enfermedades [1]. Por ello, los fenómenos mórbidos perceptibles por nuestros sentidos expresan todo el cambio interno, es decir, la totalidad de la perturbación morbosa de la dynamis interna, sacando a la luz la enfermedad. Igualmente, la desaparición de todos los fenómenos mórbidos, es decir, de todos los cambios perceptibles que divergen del estado de salud, es condición para el restablecimiento de la integridad del principio vital y, en consecuencia, es premisa necesaria para el retorno de la salud en todo el organismo.
Observ. [1].- Determinar cómo actúa la fuerza vital para que el organismo desarrolle fenómenos mórbidos, es decir, cómo esta fuerza produce la enfermedad, no es de utilidad alguna para el médico y además es algo que siempre le estará vedado conocer. Lo único que necesita saber de la enfermedad y que le es más que suficiente para curarla lo pone el Señor de la vida ante sus sentidos.

§ 13

En consecuencia, la enfermedad (que no esté encuadrada en los dominios de la práctica quirúrgica) no puede ser considerada de ningún modo, tal y como hacen los alópatas, por muy sutil que lo imaginen, una entidad oculta en el interior (un monstruo, ¡materia peccans!, que sólo pudo originarse en cabezas materialistas y que durante milenios ha hecho que la medicina tome direcciones perniciosas convirtiéndola en un arte de la no curación), separada del todo viviente, del organismo y de la dynamis que lo anima.

§ 14

En el interior del hombre no hay nada morboso ni alteración morbosa invisible susceptible de ser curada que no se manifieste al médico observador por medio de signos morbosos y síntomas, conforme a la bondad infinita del omnisciente Conservador de la vida humana.

§ 15

El sufrimiento de la dynamis (fuerza vital espiritual que anima nuestro cuerpo) cuando se encuentra mórbidamente perturbada en el interior invisible y el conjunto de los síntomas que reflejan el mal presente, causados en el organismo y perceptibles desde el exterior, conforman un todo, son algo único e idéntico. Bien es cierto que el organismo es la herramienta material gracias a la cual vivimos, pero es tan poco imaginable sin la animación de la dynamis, que lo siente y lo regula de un modo instintivo, como esa fuerza vital sin el organismo. En definitiva, ambos forman una unidad, aunque nosotros mentalmente fraccionemos esa unidad en dos conceptos para lograr una más fácil comprensión.