Órganon de la medicina racional

Índice
 
Prólogo
Prefacio del autor
Introducción
Parágrafos:
                                         
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Samuel Hahnemann
Órganon
de la medicina racional

 

 

PRÓLOGO

El libro que hoy me cabe la satisfacción de presentar al público es la primera edición de la obra fundamental del método homeopático, un método terapéutico que nació como alternativa a la ineficaz, a menudo absurda, medicina de su época, y que, doscientos años más tarde, sigue teniendo plena vigencia y, triste es tener que decirlo, permanece en intensa aunque no deseada confrontación con la medicina institucional.


Esta obra posee, aparte del médico y científico, un indudable interés histórico y cultural. El saber que transmite, soporte y esencia del método homeopático, representa, en sus aspiraciones y en sus logros, lo mejor del espíritu ilustrado. En ese sentido es posible afirmar que si existe una medicina de la modernidad, esa medicina es la homeopatía.


En estas páginas, el lector podrá percibir con nitidez la actitud empírico-racional de Hahnemann, que desprecia tanto el empirismo ramplón como el racionalismo volcado a la especulación hueca. Otorga, por el contrario, primacía al despliegue de un pensamiento lógico que dé cumplida cuenta de los datos proporcionados por la observación. Vemos así cómo combate la praxis empírica de la medicina de su época mientras defiende la cuidadosa observación de los datos clínicos; cómo menosprecia los ejercicios especulativos de los sistemáticos, mientras apuesta por una razón reflexiva basada en hechos.


Al publicar por primera vez en castellano su texto fundacional, los traductores estamos seguros de que aprovechará no sólo a los médicos sino también a cualquiera que esté interesado en la homeopatía aunque no posea conocimientos previos de medicina. Por eso, intentando acercar el texto al lector profano, hemos anotado a pie de página todos aquellos conceptos y expresiones que, ya sea por antiguos ya sea por muy especializados, pudiesen representar algún escollo para una persona sin ningún conocimiento de medicina o de homeopatía. El especialista sabrá, a buen seguro, ser indulgente con este exceso de celo. No estará de más aclarar que ha sido nuestra intención positiva evitar que las notas de traducción constituyan, en ningún sentido, glosa o reflexión crítica sobre el contenido de la obra. Si hemos incurrido en algo semejante, el lector hará bien en ignorar nuestras opiniones.


Las notas de Hahnemann aparecen originalmente al final de cada parágrafo, bajo los epígrafes “Observ.-”, en el cuerpo del texto, y hemos respetado esa disposición. No obstante, existen en toda la obra cuatro notas a pie de página, llamadas con asterisco.

Imaginamos que se trata de anotaciones de última hora facilitadas al impresor después de compuesto el texto. Nosotros, con criterio meramente intuitivo, hemos incorporado dos de ellas al texto del parágrafo correspondiente, y hemos dispuesto las otras dos como “observaciones”. Por consiguiente, todas las notas que se conservan a pie de página son notas de traducción.


De las traducciones se dice, y con razón, que las fieles no son buenas y las buenas no son fieles. Naturalmente, la fidelidad a la que se refiere tal sentencia es la fidelidad a la letra. Alejándonos lo menos posible de la misma, hemos pretendido ante todo ser fieles al espíritu de la obra, hacer comprensibles en castellano actual las observaciones, ideas y razonamientos de Hahnemann.


Esta traducción del alemán comenzó siendo una traducción de la traducción inglesa. Como estamos seguros de que el lector tiene derecho a saber lo que se le ofrece, nos parece oportuno ponerlo al corriente de los detalles.


Órganon de la medicina racional es la primera edición de la obra de Hahnemann que posteriormente se titularía Órganon de la medicina, alcanzando con este título un total de cinco ediciones más, hasta la sexta, edición póstuma, que es la que suele utilizarse como referencia, por ser la última, en la mayor parte de los trabajos sobre homeopatía. Órganon de la medicina racional se editó en Dresde, en 1810, y que tengamos noticias sólo se realizó de la misma una traducción al inglés, publicada simultáneamente por un editor de Londres (J. M. Dent and Sons) y otro de Nueva York (E. P. Dutton and Co.), en 1913, que viene con un “Prefacio del traductor” firmado por el conocido homeópata W. E. Wheeler. Esa fue la edición que el que esto escribe tradujo al castellano en 2004. Completada la misma, y como quiera que el resultado dejaba pendientes algunas dudas y lagunas, conseguí una copia de la edición alemana. Mi intención era la de, valiéndome de un diccionario y de la somera ayuda de algún conocedor del idioma alemán, aclarar las cinco o seis dudas insalvables que la versión inglesa había dejado en mi ánimo de traductor menesteroso. Pero he aquí que la edición alemana, lejos de ayudarme a completar un trabajo que yo creía casi concluido, contribuyó más bien a todo lo contrario, porque lo que puso de manifiesto fueron las enormes carencias de la inglesa.


Efectivamente, la traducción de Wheeler había obviado el “Prefacio del autor” y lo había sustituido por una introducción de nuevo cuño. He dicho obviado pero he dicho mal; la realidad es mucho peor: Wheeler había sustituido el prefacio de Hahnemann, que en la edición original ocupaba 43 páginas, por otro de una página y media, seguido por una “Nota del traductor” en la que se puede leer: “En la edición original, entre el prefacio y el cuerpo de la obra, Hahnemann insertó una introducción dedicada principalmente a recopilar las aplicaciones de la ley homeopática hechas y reseñadas por otros médicos. Esta introducción es por lo tanto de un interés principalmente técnico, y se ha omitido aquí…” El lector podrá verificar por sí mismo cuán poco acertada fue la decisión de Wheeler, en cuanto lea la introducción: en ella, Hahnemann establece unas sólidas bases para su principio de semejanza en las experiencias y declaraciones de un buen número de médicos de la antigua escuela. Aunque es posible que el fondo de la cuestión resultase ser mucho menos “técnico”. Más bien tendría que ver con el esfuerzo del traductor y eventualmente el precio en libras esterlinas de ese esfuerzo. En efecto, aunque la traducción viene firmada por Wheeler, lo cierto es que, como él mismo nos explica en su “Prefacio…”, se valió del trabajo de un experto: “Al preparar mi traducción, he contado con la ventaja de la cooperación del señor James Speirs, hasta su repentina y prematura muerte…” Muerto Speir, Wheeler cuenta con otra ayuda: “… y la impagable asistencia de mi amigo, el doctor T. Millar Neatby, M.A., que ha criticado constantemente el trabajo, como médico y escritor, dando a esta versión un valor del que de otro modo habría carecido.” Dada la calidad de la versión de Wheeler, no quiero imaginar cómo hubiera sido de no contar con la ayuda del amable doctor Neatby.


Por otro lado, aparte de la lamentable omisión del prefacio de Hahnemann, Wheeler, o quienquiera que fuese el traductor, había decidido por su propia cuenta eliminar un buen número de “observaciones” e incluso un parágrafo entero que más tarde descubrimos formando parte equivocada de una “observación”. A cambio, y con generosa solicitud, había querido obsequiar al lector de habla inglesa con una buena cantidad de notas propias que principalmente versaban sobre la relación entre las ideas de Hahnemann y la medicina de los primeros años del siglo XX, notas que si alguna vez tuvieron valor, es evidente que un siglo más tarde lo han perdido. Por consiguiente necesitaba ayuda.


Conozco a Juan Pablo Larreta (Juancho para los amigos) desde hace muchos años. En la actualidad es profesor titular de Filología Alemana y responsable del área de Filología Alemana del Departamento de Filología y Traducción, en la Universidad Pablo de Olavide. Sus especialidades son la lengua y la lingüística alemanas. Dado el antiguo interés de Juancho por la homeopatía, se prestó de inmediato a trabajar conmigo en el proyecto de completar una traducción cabal de Órganon de la medicina racional. Juancho realizó la traducción de los fragmentos que faltaban, y a partir de ahí vimos la necesidad de una revisión en profundidad para pulir el texto y ajustarlo a la fuente original. De este modo, y mientras cobraba cada vez más cuerpo la idea de publicar el resultado de ese trabajo, procedimos a una minuciosa revisión que nos llevó aproximadamente un año, a lo largo del cual el filólogo y el homeópata, provisto el primero del texto alemán y el segundo de la ya completa traducción castellana del inglés, discutimos una y otra vez parágrafo por parágrafo, línea por línea y palabra por palabra, hasta que disipamos cualquier duda sobre el significado y el sentido de los conocimientos que el autor ha querido transmitir. Así fue como una traducción de la versión inglesa terminó siendo una traducción del alemán. El hecho de que el que escribe estas líneas no conociese nada del idioma de Hahnemann, creo que ha resultado ser más una ventaja que un inconveniente. En efecto, tal circunstancia ha obligado al filólogo y al homeópata a un esfuerzo si cabe mayor para conseguir un texto que cubriese las expectativas de ambos. Creemos que el lector sabrá apreciar ese esfuerzo.
Los traductores recomendamos con entusiasmo la lectura de Órganon de la medicina racional, una obra que 196 años después de ser escrita conserva, en su mayor parte, plena vigencia científica y médica, y revela el esfuerzo de un médico para el que la búsqueda de la verdad y del bien de sus semejantes constituyó un deber sagrado. Aquí podrá encontrar el lector el espíritu inicial y permanente de la homeopatía, redactado por un Hahnemann más candoroso y más directo que el que encontraremos en ediciones posteriores, en las que adopta una actitud defensiva e incluso agresiva contra sus detractores. Es fácil imaginar que en 1810, al publicar por primera vez las bases de su método de una manera completa y acabada, Hahnemann estaría persuadido de que tan útiles conocimientos habrían de ser universalmente aceptados; de que la evidencia de las curaciones producidas por la homeopatía, la facilidad de su comprobación, la claridad y sencillez de los procedimientos expuestos para lograrlas, habrían de convencer fácilmente a la mayor parte de sus colegas. Esa espontaneidad y esa frescura constituyen un atractivo más de esta primera edición.
Por su valiosa y desinteresada ayuda como consultores, queremos dejar constancia de nuestra gratitud a los siguientes amigos:
Celia Larreta Zulategui y Honesto Rubín Córdoba, filólogos; Fernando Rubín Arévalo, catedrático de química jubilado; Martin Dinges, historiador e investigador especializado en la historia de la homeopatía; Matthias Wischner, médico e investigador de la historia de la homeopatía; Inge Heinz, médico homeópata que en la actualidad desarrolla una tesis titulada El tratamiento de la Princesa Luise de Preussen por Hahnemann durante los años 1829-1835; Dinah Morales Pérez, médico homeópata.


Y por el arduo, y jamás suficientemente valorado, trabajo de revisar y corregir los textos, a Matilde Rubín Córdoba, filóloga, y a José Manuel Ballesteros Pastor, escritor.


Emilio Morales Prado
Sevilla, 10 de abril de 2006

 

PREFACIO DEL AUTOR

“La verdad que todo el mundo anhela,
Que nos hace felices, yace para siempre
No profundamente enterrada sino ligeramente cubierta
Por la sabia Mano que la destinó a los hombres.”
Gellert


En nada es más unánime el testimonio de todos los tiempos que en mantener que el arte de la curación es un arte de conjetura (ars conjecturalis): ningún arte, por consiguiente, tiene menos derecho a rehusar una investigación en la profundidad de sus bases que éste, sobre el cual se fundamenta la salud, la más preciada posesión terrenal del hombre.


Yo afirmo bajo palabra que, en tiempos recientes, he sido el único que lo ha sometido a una seria investigación imparcial, y que he mostrado al mundo, en publicaciones firmadas o anónimas, las convicciones que han resultado de ello.


A través de esta indagación encontré el camino de la verdad, por el que he transitado solo; un camino muy alejado de las vías comunes de la rutina médica. Mientras más avanzaba de verdad en verdad, tanto más se separaban mis conclusiones (que sólo he sostenido cuando quedaban confirmadas por la experiencia) del antiguo edificio que, por estar construido de opiniones, sólo con opiniones se mantiene. Los resultados de esas convicciones están expuestos en este libro.


Queda por ver si los médicos que intentan enfrentarse honestamente con sus conciencias y con la humanidad pueden abrir sus ojos a la verdad dispensadora de salud, o si continuarán ateniéndose a un siniestro tejido de conjeturas arbitrarias.


Al menos quiero advertir desde el comienzo que la indolencia, el deseo de comodidad y la obstinación hacen imposible el servicio ante el altar de la verdad, y que tan sólo la libertad de prejuicios y un celo incansable sirven para la más sagrada de las tareas humanas: la práctica del verdadero arte de curar. El médico que trabaja con este espíritu sigue de cerca a la Divinidad, al Creador del mundo, cuyas criaturas ayuda a mantener, y cuya aprobación hace su corazón tres veces bienaventurado.

 

ÓRGANON DE LA MEDICINA RACIONAL
según las leyes homeopáticas

1


La más alta aspiración del médico es sanar a los enfermos, lo que se llama curar.

2

El más alto ideal de la curación es una restitución de la salud rápida, suave y duradera; es decir, la eliminación y aniquilación de la enfermedad en su totalidad, del modo más rápido, más seguro y menos dañino, de acuerdo a principios que puedan ser comprendidos fácilmente (medicina racional).

3

Si el médico percibe claramente lo que hay en la enfermedad en general, y en cada caso de enfermedad en particular, que deba ser curado (el conocimiento de la enfermedad, el conocimiento de los requerimientos de la enfermedad o indicaciones); si percibe claramente cuál es el principio curativo de las medicinas en general y de cada medicina en particular (el conocimiento de los poderes de las medicinas); si, a la luz de claros principios, puede adaptar la virtud curativa de la droga a la enfermedad que tiene que curar, de tal modo que se siga la recuperación; y si tiene la capacidad, no solamente de seleccionar el remedio cuyo modo de acción sea más útil para el caso (elección del remedio o indicación de la medicina), sino asimismo de elegir la cantidad exacta del remedio requerido (la dosis útil) y el periodo adecuado para su repetición; si, afirmo, sabe todas esas cosas y además reconoce en cada caso los obstáculos que retrasan la recuperación y puede eliminarlos de modo que la curación sea duradera, entonces verdaderamente comprende cómo hacer su trabajo ateniéndose a conceptos suficientemente fundamentados, y es un práctico racional del arte de curar.

4

También es un conservador de la salud si conoce las causas que pueden perturbarla y excitar la enfermedad, y sabe cómo mantenerlas alejadas de las personas sanas.

5

Se puede convenir en que cualquier enfermedad tiene que depender de una alteración del funcionamiento interno del organismo humano.

Sin embargo, esta enfermedad tan sólo puede ser concebida mentalmente a través de sus signos externos, y todo lo que esos signos revelan. De ningún modo puede ser reconocida la enfermedad en sí misma.

6


La alteración invisible en el interior, junto con la alteración visible del estado de salud (la suma de los síntomas), constituyen juntos lo que se llama enfermedad: ambos son realmente la enfermedad.


Observ.- Por consiguiente no sé cómo este cambio mórbido en el interior del cuerpo, que ocurre en la enfermedad, puede haber sido considerado como algo con existencia propia y distinta de la enfermedad, como una condición de la enfermedad, como su causa interna, inmediata, primaria (prima causa).


Una cosa o un estado demandan una primera causa próxima tan sólo para llegar a existir; cuando la cosa o condición existen realmente ya no necesitan ser originados, ni primera causa próxima, para seguir existiendo.


Así pues, una vez establecida la enfermedad, continúa independientemente de su causa próxima, excitante, primera; continúa sin más necesidad de su causa; continúa incluso si su causa ya no existe. ¿Cómo puede, entonces, la eliminación de la causa ser considerada como la principal condición para la curación de la enfermedad? En la trayectoria de una bala es imposible separar su primer impulso de la propia bala en movimiento, y la alteración que podemos percibir en ella es tan sólo una forma alterada de su existencia, un estado alterado, y sería más que absurdo mantener que ese estado no puede ser fundamentalmente eliminado, que esa bala no puede ser llevada de nuevo al reposo excepto por una investigación de la prima causa de su movimiento, y por la consiguiente eliminación de esta prima causa así metafísicamente indagada; o, como otros quieren expresarlo, por la eliminación de aquellas alteraciones en la esencia interior de la bala, de las que depende su trayectoria.


¡De ningún modo! Un impulso único del mismo poder, exactamente opuesto a la trayectoria de la bala, la lleva instantáneamente al reposo sin averiguaciones metafísicas imposibles sobre la esencia interior de la bala en movimiento.


Todo lo que necesitamos conocer son los síntomas de la trayectoria de esa bala, es decir, la fuerza y la dirección de su movimiento, para oponerle una contrafuerza de la misma intensidad en una dirección exactamente opuesta, y así, instantáneamente, forzarla a la inmovilidad.


Esto es también (dicho sea de paso) un ejemplo del modo en el que pueden provocarse alteraciones en las condiciones anormales de las cosas físicas, a saber, por medio de sus exactos opuestos. Así, el agua hirviendo puede ser rápidamente llevada a una moderada temperatura por la adición de una cierta cantidad de nieve; un ácido pierde su acidez, y se convierte en una sal neutra, por la adición de un álcali; el material que ha sido estirado pugna por contraerse; el comprimido, por expandirse; la sustancia muy seca, por absorber humedad del aire y así sucesivamente. De ese modo, la mayor parte de las alteraciones de condiciones anormales en el mundo físico se efectúan en la naturaleza por medio de sus opuestos. Pero el organismo vivo de los animales obedece a leyes completamente diferentes para la eliminación del estado enfermo alterado; aquí la ley de los opuestos, que se adapta a las alteraciones de la naturaleza física no vital, no es de ninguna utilidad.

7

Debe de haber un principio curativo presente en las medicinas, la razón lo intuye, pero no tenemos modo de percibir su naturaleza interior. Su modo de expresión y sus efectos externos sólo pertenecen al campo de la experiencia.