La magia de la homeopatía

Índice
 
Prólogo 7
Introducción 15
I La magia de la homeopatía 17
II ¿Aquí no hay nada? 23
III El vuelo de las moléculas 29
IV Hahnemann y la homeopatía 37
V Los últimos años 45
VI ¿Por qué vamos al médico homeópata? 49
VII Cómo elegir un homeópata 53
VIII La primera consulta 61
IX ¿Un medicamento cura lo mismo que produce? 67
X Algo habrá que darle para la fiebre 73
XI Los productos homeopáticos 79
XII ¿Sólo una vez? 85
XIII ¿Hay que ponerse peor para curarse? 91
XIV El método homeopático y las enfermedades con nombre propio 99
XV ¿Me estoy curando? 109
XVI Las herramientas del homeópata 113
XVII La individualidad 121
XVIII ¿Qué se puede curar con la homeopatía? 127

 

Emilio Morales
La magia de la homeopatía

 

 

Prólogo a la segunda edición

 

Hace siete años salió al público la primera edición del libro de Emilio Morales La magia de la homeopatía. Ni él ni yo sabíamos entonces que ese pequeño trabajo iba a tener tan buena fortuna y serviría a tanta gente para introducirse en este saludable método de remediar males. Salvo esta feliz circunstancia, poco hay que añadir ahora a la presentación hecha entonces.

Casi todo el mundo tiene la experiencia de haber ido alguna vez a la consulta de un médico, y de contemplar la medicina del lado de acá de la existencia humana, es decir, del lado del profano, del que siente una interna reverencia ante el halo numinoso que las batas blancas y los fonendoscopios irradian en su derredor. Casi todo el mundo tiene la experiencia de haber cambiado el tono de voz, el ademán del cuerpo y la actitud al ponerse ante el doctor o la doctora, la experiencia de sentirse invitado, interna y secretamente, como Moisés, a descalzarse por estar pisando lugar santo.

Como contrapartida, pocos tienen la experiencia de contemplar la existencia humana desde el lado de allá, desde el lado de la medicina, desde la posición del que sabe. Solamente los médicos y, quizá en cierta medida, algunos de sus familiares. La perspectiva de Emilio Morales y la mía, en cuanto que hijos de médicos, fue inicialmente esta última.

Por eso sabíamos que los pacientes son incultos, exigentes, desconfiados, agradecidos, torpes, impacientes y que, en general se comportan de un modo un tanto inadecuado, excepto en el caso de los pacientes perfectos. Los pacientes perfectos saben, instintivamente o por educación, cómo deben informar de sus dolencias, cómo deben responder a las preguntas del médico, cómo tienen que interpretar sus frases, qué hay que hacer con cada medicación y cómo, cuándo preguntar al médico es molestar inútilmente y cuándo es necesidad requerida por la dolencia. Al decir de Julio Camba, en algunos casos de pacientes verdaderamente europeos, su perfección es tal que, al serles abierto el abdomen, el cirujano encuentra el apéndice exactamente en el sitio donde debía estar, e incluso con un moteado oscuro con la indicación “córtese por la línea de puntos”. Pero de esos enfermos no hay muchos. Los que tienen sentido común son verdaderamente pocos.

Tener sentido común, en este caso, quiere decir sentir, percibir y valorar lo normal y lo anormal, lo real y lo irreal, lo bueno y lo malo, como lo hace el médico en cuestión. Y hay que decir “el médico en cuestión” y no “los médicos” porque ocurre que actualmente no todos los médicos tienen el mismo sentido común, sino que están diferenciados en tendencias o escuelas en virtud de las cuales su sentido común es diferente.

Cuando se inicia la ciencia moderna en el siglo XVII, y durante su desarrollo hasta el XX, nace y se despliega una medicina que se llamó precisamente la “medicina científica”, y que alcanzó un monopolio cultural casi completo hasta el punto de expulsar del ámbito de la legalidad civil a las medicinas “no científicas”, que sobrevivieron como prácticas supersticiosas, brujerías, y otras denominaciones sospechosas de lo malo, lo falso, lo extraño y, en general, lo oscuro, frente a la luz y la ilustración de la ciencia.

La ciencia moderna había nacido con una clara vocación de particularidad, expresada en la fórmula de Galileo “para saber algo no es necesario saberlo todo”, con la cual el sabio italiano proclamaba la legitimidad de la física como un saber particular y separado de la metafísica, al igual que la legitimidad de las ciencias que se autodenominaban experimentales y que se construían más por referencia a los experimentos mensurables que por referencia a las deducciones teóricas y a las especulaciones metafísicas.

En esa línea, la medicina se desarrolló como un estudio de los órganos y funciones del cuerpo y de sus respectivas anomalías, de manera que la ciencia médica estudiaba y trataba una cirrosis, un reumatismo o una colitis. Es verdad que durante todo ese tiempo ha habido “médicos humanistas” que repetían una y otra vez que “no hay enfermedades sino enfermos”, pero esa fórmula provenía de otra tendencia y otras escuelas más bien marginales al monopolio cultural de la ciencia moderna, porque la medicina moderna, científica, o sea, “normal”, la medicina vigente durante los últimos siglos, la medicina convencional, se estudiaba y se practicaba desde un paradigma o desde unos supuestos teóricos y prácticos que de hecho y de derecho no permitían curar enfermos, sino bronquitis, cirrosis y diarreas.
El siglo XIX conoce diversas reacciones anti-ilustradas, es decir, anti-modernas, de entre la cuales la corriente romántica aparece como la más influyente. Y siendo el romanticismo un movimiento de reivindicación de la totalidad, tuvo sobre la ciencia un efecto inverso al producido por el lema de Galileo. Frente a la consigna del italiano, Hegel proclama una y otra vez que “la verdad es el todo”, y ése es también el espíritu, el “sentido común”, del que participa Goethe cuando predica la unidad de la naturaleza, de la física y la metafísica, y el de Hahnemann cuando insiste una y otra vez en la unidad del organismo y en la de alma y cuerpo.

Sin embargo, el influjo de Goethe, Hahnemann y, en general, de los hombres de “sentido común” romántico apenas se deja sentir en la ciencia del siglo XIX, porque la reacción anti-romántica del positivismo fue inmediata y se alzó enseguida con el monopolio académico y profesional. Pero las contiendas entre escuelas y el dominio político y jurídico de una u otra corriente “científica”, sobre las que reflexionamos y debatimos en nuestras académicas “Jornadas de Medicina y Filosofía” en la Universidad de Sevilla, no son propias de un prólogo.

A finales del siglo XX, la ciencia positiva ha perdido la hegemonía absoluta que detentaba en el clima cultural de la Europa moderna, han surgido un conjunto de variados “microclimas culturales”, y en el conjunto de todos ellos tal ciencia comparte prestigio y poder en igualdad de condiciones con la tradición, la naturaleza y el arte, que habían sido marginados por ella y relegados al ámbito del oscurantismo, la superstición y la irracionalidad.

Pues bien, en este contexto es en el que la homeopatía vuelve a emerger en Europa con carta de ciudadanía y título legítimo, y es cuando Emilio Morales, con el apoyo de Juan Ramón Zaragoza y la colaboración de otros colegas médicos y filósofos, ponen en marcha en la década de los 90 el máster en homeopatía en la Facultad de Medicina de la Universidad de Sevilla, cosa que se hace también por entonces en algunas pocas universidades españolas.

En este clima cultural de mayor tolerancia es en el que Emilio Morales se atreve a hacer la presentación de la homeopatía, y la hace sabiendo que, por una parte, tiene que desenvolverse en un medio todavía impregnado de “sentido común científico”, en el que todavía la “medicina científica” o “medicina moderna” es “la medicina normal”, y sabiendo por otra parte que esa medicina normal o convencional, que curaba cirrosis pero no enfermos, se va acercando cada vez más al punto de vista global o del organismo total.

En efecto, el punto de vista de Galileo según el cual se puede construir una ciencia sobre una región particular de la realidad con tal de que se formulen leyes universales, que era el requisito establecido por Aristóteles para la ciencia, cedió a lo largo del siglo XX hasta que por fin el individuo singular, en cuanto tal, entró de lleno en el campo de la ciencia, y además, por la puerta grande de las disciplinas biomédicas. La constitución y el desarrollo de la inmunología significaba, precisamente, la aceptación de la individualidad única e irrepetible como campo del saber científico, pero este saber científico empezaba a verse a sí mismo de una manera distinta a como se había visto durante los tres siglos precedentes.

Si la inmunología pertenece a una cultura común, entonces se sabe ya “científicamente” lo que antes se sabía y se practicaba según otros procedimientos intelectivos a los que se les negaba el carácter de “científicos” y a veces incluso el de “racionales”, a saber, que el organismo reacciona ante las circunstancias adversas, ante los cuerpo extraños, y pone en marcha toda una serie de recursos que, averiguados y apoyados por el arte, restituyen la salud o la plena forma al propio organismo.

El cuerpo sabe mucho más que nosotros, el cuerpo reacciona, cambia de estrategia, acosa a la enfermedad de una manera o de otra, cede en un punto, acaso se rinde y entonces la enfermedad triunfa... éste es el lenguaje homeopático que, a pesar de estas apariencias, es completamente distinto del lenguaje de la inmunología. Esta reacción del organismo como un todo es el fundamento de la homeopatía y, en general, de la mayoría de las formas de medicina naturista. Con todo, el sistema inmune de la “medicina científica” no coincide con el “organismo” de la homeopatía tal como lo describe Emilio Morales, que comprende la unidad de alma y cuerpo.

Pero en fin, eso es materia que puede encontrarse en el cuerpo del libro, o en otros libros, y que tampoco es asunto propio de un prólogo. Aquí es suficiente con una semblanza del autor y de su obra, y con lo dicho basta para presentar el concepto de la homeopatía que se desarrolla en este libro. Mejor dicho, ésta es la estrategia de Emilio para presentar la homeopatía ante los académicos, ante un público con un “sentido común científico” peculiarmente estricto, mostrar el flanco en que la medicina “científica” (“particularista”) y la medicina “naturalista” (“globalista”) coinciden.

Pero Emilio Morales no solamente tiene interés en mostrar a los científicos en general lo que es la homeopatía como ciencia y como práctica médica. Tiene interés, sobre todo, en mostrárselo a sus posibles usuarios, es decir, a los pacientes potenciales o actuales. Emilio sabe que esos pacientes no son enfermos perfectos, sino muy imperfectos, y que no solamente son incultos, exigentes, desconfiados, agradecidos, torpes e impacientes, y algunos en grado muy estricto también, sino que además son muchos, la mayoría de ellos, por no decir la totalidad. Más aún, esos pacientes ni siquiera constituyen un grupo unitario al que quepa denominar “enfermos”, porque hay grupos bastante diferentes entre sí. En concreto, las mujeres no tienen el mismo “sentido común” de pacientes o de familiar del paciente que los hombres, y por eso Emilio los analiza diferencialmente.

¿Qué es un enfermo?, ¿cómo se sabe que lo es?, ¿cuándo hay que llevarlo al médico?, ¿a qué médico hay que llevarlo? Son cuestiones a las que no responden igual las mujeres que los hombres. ¿Qué es un medicamento?, ¿cómo hay que utilizarlo?, ¿cuándo y cómo hay que aceptarlo?, ¿cómo y cuándo se puede probar?, ¿cuándo hay que dejarlo? Tampoco son preguntas con respuesta obvia, porque hay diferencias sustanciales si se trata de medicina convencional o de medicina alternativa, y aunque los médicos y los farmacéuticos saben en cada caso esas respuestas, los pacientes no, y son ellos quienes se las formulan y se las responden.

Los médicos y los farmacéuticos no se dedican a estudiar sistemáticamente esas preguntas ni esas respuestas. Eso es más bien asunto de lo que podría llamarse etnografía o antropología de los comportamientos terapéuticos y farmacológicos, es decir, estudio del sentido común y del comportamiento común de los usuarios de las prácticas terapéuticas y de los productos farmacéuticos, análisis del concepto y uso de la medicina y los médicos en los diferentes grupos culturales o en las diferentes culturas y subculturas integradas en una sociedad.

Actualmente el sistema y la industria médico-farmacéutica tienden a dirigirse corporativamente a sus destinatarios, en un esfuerzo de comunicación sin precedentes en el que se pueden acortar las distancias y reducir las diferencias entre la cultura del paciente y la del terapeuta. En efecto, la explosión de presencia médica en los medios gracias a la creación de medios específicamente propios como la radio, la prensa y televisión médicas, va generando una cultura compartida entre médicos y pacientes, pero todavía eso dista mucho de ser una cultura común y un sentido común compartido por todos los grupos. Y aunque llegara a serlo, la cultura común no garantiza una buena comprensión de los diferentes tipos de medicina, de escuelas médicas y de fármacos, y por eso siempre serán necesarios libros como La magia de la homeopatía.

Este libro se inscribe en el campo de la etnografía o antropología médico-farmacológica, porque describe cómo vive la gente el enfermar, el trato con el médico y con el medicamento. Contiene los esfuerzos de un médico homeópata por hacerse entender de todo el mundo, y especialmente de sus pacientes. Pero así como no despreciaba la cultura de la ciencia oficial, sino que quiere hablar en esa perspectiva y hacerse entender en ella, tampoco se sitúa en la posición del que desprecia “la falta de formación” del vulgo. No desprecia esa cultura o incultura popular; se sitúa en ella y quiere ser acogido y comprendido por la gente que la vive.

La magia de la homeopatía se sitúa así en la mejor tradición de esos médicos humanistas que engruesan las filas de los buenos ensayistas españoles, desde Gregorio Marañón y Vallejo Nájera a López Ibor, Castilla del Pino y Laín Entralgo. El estilo es muy coloquial y llano. Los capítulos, cortos. Los títulos, muy evocativos. Las experiencias referidas, muy reconocibles.

En conjunto, y como resumen, es pasar un rato muy agradable oyendo las confidencias de un médico que tienen mucho interés para cualquier ser humano. Un rato al termino del cual las consultas médicas dejan de ser ese lugar sagrado que al pisar nos conmina internamente a descalzarnos, y los médicos dejan de ser esos seres que viven entre el misterio y la magia, para pasar a ser el lugar de un trabajo normal, incluso confortable, cuyo fruto puede resultar espléndido si se lleva a cabo mediante el diálogo entre dos personas que se comprenden en sus respectivas y bien diferenciadas posiciones.

No me parece que pueda o que deba añadir nada más para esta segunda edición, porque el autor, el contenido y los destinatarios del libro son los mismos, y tanto en la primera edición como en esta segunda, quedan suficientemente presentados.

Jacinto Choza
Catedrático de Antropología Filosófica.
Sevilla, 12 de julio de 2007

 

INTRODUCCIÓN

El interés que el público muestra por la homeopatía aumenta sin parar. Los relatos de las sorprendentes curaciones efectuadas con este método despiertan la curiosidad de manera que la gente pregunta, quiere saber en qué consiste esa homeopatía de cuyas excelencias oyen hablar. Decir lo que es la homeopatía es fácil, entenderlo ya es otra cosa. En muchas ocasiones he contestado a la pregunta de alguna persona interesada diciéndole que la homeopatía es un método terapéutico que descansa sobre el principio de que un medicamento puede curar a un enfermo que padezca una enfermedad cuyos síntomas sean semejantes a aquéllos que ese mismo medicamento puede producir en una persona sana. Después de esta explicación mi interlocutor sabía lo mismo que antes. Y es que no basta con una definición.

La homeopatía sorprende y por esa sorpresa unos la aman y otros la odian. Homeopatofilia y homeopatofobia, llamó a este fenómeno algún autor del siglo XIX. Uno no llega a entender la causa por la que un simple método terapéutico despierta pasiones. Más razonable sería que los médicos y los profanos, cada cual desde su perspectiva particular, comprobasen sin prejuicios si dicho método es útil, para en tal caso adoptarlo o de lo contrario rechazarlo y olvidarse de él. Y ciertamente esto es lo que hacen las personas razonables. Algunos sin embar­go, médicos y no médicos, lo abordan con los sentimientos. Unos, tras el primer contacto que apenas les ha permitido establecer el mínimo juicio, se vuelven fanáticos apasionados y pretenden resolverlo o que les resuelvan todo con la homeopatía. Otros, por el contrario, desarrollan desde el comienzo una gran aversión que, dado sus desconocimiento de la materia, sólo puede calificarse de irracional. La única explicación que se me ocurre es que la homeopatía plantea un modo de ver la salud y la enfermedad, y por lo mismo un modo de ver la realidad, diferente y en cierto modo opuesto al paradigma oficial, a lo que la ciencia oficial y las personas individuales entendemos en general como verdadero y razonable aún sin haberlo reflexionado jamás. Y es esa diferencia lo que unos valoran como positivo y otros como negativo. Por el lado negativo, la confrontación con la verdad oficial hace que la homeopatía resulte más difícil de aceptar y sobre todo de comprender.


Como médico, mi trabajo no consiste esencialmente en explicar al público lo que es la homeopatía, pero constantemente mis pacientes y otras personas me interrogan al respecto, de manera que me ha parecido lo más conveniente poner en un papel todo aquello que creo que puede contribuir a aclararles las cuestiones fundamentales. Este libro contiene mi modo de ver la homeopatía, la relación entre el paciente y el médico, y toda la información que me ha parecido de interés para el paciente o futuro paciente homeopático. En ocasiones me ha resultado imposible evitar el uso de algunos tecnicismos; pido disculpas por ello y aseguro al lector no versado que si algo se escapa a su comprensión no tiene nada que lamentar: en mi opinión sólo es completamente verdad aquello que puede entenderse fácilmente.


Puesto que he sido durante treinta años homeópata ortodoxo, la visión personal que aquí expongo es una visión ortodoxa. También es una visión apasionada, pero mi pasión por la homeopatía proviene del conocimiento y la experiencia. Así quería transmitirla al lector, y no de un modo irracional. La homeopatía es una de las grandes obras de la inteligencia humana, acerquémonos a ella inteligentemente.

 

I
LA MAGIA DE LA HOMEOPATÍA

Era yo casi un niño. Una buena tarde, tropecé casualmente con un paciente de mi padre, un joven marinero al que la vida no había deparado demasiadas satisfacciones por lo que jamás desaprovechaba la ocasión de un rato de charla confidencial.

-No se lo vayas a decir a tu padre -me advirtió con esa incongruente pesadumbre de los secretos no deseados-, pero he ido a Sevilla a un “curandero” porque mi úlcera cada vez estaba peor.
Hizo una pausa y me miró fijamente esperando mi asentimiento.
-O sea, que te dolía más.
-Eso es -continuó, animado al comprobar que yo lo entendía-. Bueno, el caso es que el curandero me dio tres bolitas para que me las tomase antes de acostarme.
-¿Tres bolitas?, ¿y de qué eran las tres bolitas? -pregunté interesado.
Al parecer él no se lo había planteado con anterioridad porque se quedó un rato pensándolo. Finalmente dijo un poco contrariado:
-Qué sé yo, estaban dulces.
Como permanecí en silencio, mi amigo continuó su interrumpido relato:
-Bueno, el caso es que, cuando me dio las bolitas me dijo que al principio estaría peor, y no veas los dolores de estómago que tuve al día siguiente, pero al otro día ya estaba bien y llevo estupendamente seis meses. Fíjate -sonrió palpándose el estómago con su enorme mano de pescador- me harto de aguardiente y como si nada.

Puesto que a la sazón yo no había probado el aguardiente, no pude estimar todo el alcance de aquella prueba definitiva.
Durante muchos años guardé en secreto la confidencia del pescador. Me resultaba muy chocante que un enfermo que no había encontrado alivio bajo los cuidados de mi padre lo lograse por cualquier otro medio. El acontecimiento era secreto y al mismo tiempo era inexplicable, así que mi memoria adolescente lo registró como algo misterioso.

El lector ya habrá adivinado que no había ningún curandero sino que se trataba de un médico homeópata. Si mi amigo lo llamó curandero fue tan sólo porque él, al igual que otros muchos, prefirió, de modo tal vez inconsciente, esconder tras ese término -que designa más una invocación que un oficio- todo el significado del que la palabra médico ha terminado por ser desposeída. Si lo llamó curandero, desde su mirada sin malicia, desde el agradecido bienestar de su estómago repleto de aguardiente, fue para que yo supiese que curaba, es decir, que era un verdadero médico.

Años más tarde la fortuna, a propósito de cuyas veleidades vale más no hacer comentario alguno, me deparó la enorme alegría de entrar en el “misterio” de aquella curación e incluso de realizar a mi vez otras semejantes: llegué a ser médico homeópata, y como tal en diversas ocasiones he sido tildado de “curandero”. Y aunque me consta que la intención de los que así me han calificado distaba mucho de la de mi buen pescador, al oírme llamar curandero siempre recuerdo aquel tiempo lejano de la adolescencia en el que la homeopatía se presentó ante mí como un misterio, y sin poder evitarlo me siento feliz. Mucho más feliz, imagino, de lo que desearía mi interlocutor.

Pese a los años transcurridos, sigo encontrando misterio en la homeopatía. El principal enigma no pertenece al método en sí mismo sino al ser humano, al hombre enfermo. Puesto que el homeópata debe indagar en lo profundo del sufrimiento de su paciente, descubrir el secreto de una existencia que, aspirando a ser feliz y armoniosa es sin embargo desdichada y enferma, se encuentra permanentemente enfrentado al misterio abismal de la vida, ante el cual jamás dejan de surgir interrogantes o respuestas maravillosas e inesperadas. Ese misterio es cada vez mayor; cuanto más profundiza el médico en su objeto, más numerosos y más enigmáticos son los interrogantes pero al mismo tiempo con más frecuencia aparecen las inesperadas certezas. Y en eso consiste la magia de la homeopatía, en esos descubrimientos inexplicables, en esos regalos de la naturaleza, que a veces nos permiten comprender el sentido del sufrimiento y aplicar el modo de curarlo.

Es precisamente a causa de esa magia por lo que el médico, una vez que ha descubierto la homeopatía, jamás la abandona. Cada homeópata tiene su propia experiencia, su propia historia acerca de cómo llegó a descubrir que aquello que parecía sencillamente imposible era real. Algunas de esas historias han permanecido vivas en la memoria de la medicina homeopática en parte debido a la importancia de sus protagonistas y en parte al interés de los propios episodios. Recordemos como ejemplo el caso del doctor Constantino Hering. No es sólo una historia del pasado sino que ejemplifica la de muchos homeópatas desde entonces hasta el día de hoy.

A partir de 1810, fecha de aparición del Órganon de la medicina racional donde se describe el método, la homeopatía se extendió rápidamente por Europa, y desde entonces hasta el primer tercio del siglo XX el debate entre alópatas y homeópatas fue intenso y sañudo. Al hilo de una de las innumerables escaramuzas que se produjeron en la prensa médica, el doctor Robbi, profesor de la facultad de medicina de Leipzig, recibió del editor Baumgarten (1) el encargo de escribir un libro contra la homeopatía. Robbi lo aceptó pero como estaba muy ocupado le pasó el trabajo a uno de sus ayudantes, el joven doctor Constantino Hering.

Hering era un hombre estudioso y concienzudo, de manera que se puso a leer a Hahnemann para poderlo rebatir con fundamento. Después de leerlo, decidió, como el propio Hahnemann, experimentar el método en sí mismo y finalmente anunció al profesor Robbi que no iba a escribir el libro solicitado y que se dedicaría al ejercicio de la homeopatía. Escribió su tesis De Medicina Futura en la que se declaraba abiertamente partidario de la nueva escuela. Las cosas se le pusieron feas a Hering desde aquel momento (2). Recibió fuertes presiones por parte del claustro de la facultad, así que tuvo que renunciar a su empleo de ayudante. No sería ésta su única dimisión.

Poco después, consiguió un cargo como director de una expedición científica que, dotada por la corona de Sajonia, estaba encargada de estudiar la flora y la fauna en Surinam. Establecido en Paramaribo, capital de Surinam, dedicó el tiempo que su cargo le dejaba libre a la búsqueda y experimentación de nuevos remedios homeopáticos. Seis años más tarde decidió publicar sus trabajos, y volvieron las presiones; el propio rey de Sajonia intervino recomendando a Hering que no publicase. De nuevo se vio obligado a dimitir. Después de un largo y accidentado viaje con un naufragio de por medio, se estableció en Filadelfia desde donde extendió la homeopatía por toda América. No escribió en contra de la homeopatía pero escribió varios libros de homeopatía, particularmente la obra en diez tomos Guiding Symptoms of our Materia Medica (3) que es, hoy por hoy, uno de los textos de fondo más importantes con los que cuenta el método. Hering desarrolló la mayor parte de su actividad profesional en América, siendo el primer homeópata y difusor de la homeopatía en ese continente. Fue un importante experimentador de remedios, y durante su estancia en Brasil experimentó entre otros el veneno de la serpiente surucucú (4). Esta serpiente es una enorme víbora que llega a alcanzar los tres metros de longitud y que, al contrario que otras más pequeñas, no duda en atacar intencionadamente a presas de gran tamaño como el hombre; esta circunstancia, junto a la enorme toxicidad de su veneno, la convierten en el ofidio más temible de América.

Hering encargó a unos cazadores de serpientes que le trajesen una surucucú a la hacienda en la que vivía con su mujer y algunos sirvientes nativos. Los cazadores trajeron al animal en una caja-trampa, advirtieron seriamente al doctor sobre el peligro al que se exponía, y cuando cobraron su encargo desaparecieron tan rápidamente como habían venido. Los sirvientes trataron de disuadir a su patrón de que intentase manejar la serpiente, y como éste no hiciese caso de sus advertencias, presas del pánico, abandonaron la hacienda.

Quedaron solos el temerario médico y su esposa. Hering retiró la tapadera de la caja y una lachesis de más de dos metros y medio de largo asomó su enorme cabeza sobre la cual su guardián descargó inmediatamente un gran golpe con la mano abierta dejándola aturdida por unos instantes, justos los suficientes para obligarla a morder un gran terrón de azúcar preparado para la ocasión. Antes de que la serpiente hubiese tenido tiempo de recuperarse, ya estaba de nuevo encerrada en su jaula. Pero lo peor no había llegado aún. Hering, satisfecho por el éxito de la primera fase de su experimento tomó el terrón de azúcar impregnado de veneno y se lo aproximó a la nariz con el fin de identificar su olor, en el caso de que tuviese alguno. La simple olfacción (según otros fueron los polvos emanados de la trituración con lactosa) del terrible veneno lo hizo desmayarse por espacio de varias horas, tiempo durante el cual fue presa de un intenso delirio. Cuando se recobró de tal estado lo primero que hizo fue pedirle a su esposa lápiz y papel para anotar las sensaciones que recordaba haber experimentado durante su experiencia (5). Así nació la materia médica de Lachesis, uno de nuestros más importantes policrestos (6). Para que hoy podamos disfrutar de las ventajas de este remedio fue necesario que un médico inteligente que vivió hace casi doscientos años afrontase, por amor a la homeopatía, peligros y dificultades casi insuperables. Y eso es, en cierto sentido, mágico, es decir, admirable, extraordinario.

Cuando algún tiempo después los sirvientes, temiendo encontrar muertos a Hering y a su esposa, volvieron a la hacienda, un doctor completamente vivo les envió a buscar de nuevo a los cazadores de serpientes para que devolviesen la surucucú a la selva. Tanto los sirvientes como los cazadores debieron de pensar que aquello era cosa de magia. Y lo era.

 

NOTAS

1 - Curiosamente, algún tiempo después, Baumgarten se pasó a las filas de la homeopatía.
2 - En el siglo XIX, declararse partidario de la homeopatía podía comprometer seriamente la carrera profesional de cualquier médico, de manera que los homeópatas se vieron apartados de los empleos que generaba la medicina institucional, se fueron aislando.
3 - Síntomas guía de nuestra materia médica.
4 - El nombre científico de la surucucú es Lachesis trigonocephalus. Por este nombre se la conoce como remedio homeopático
5 - Hering completó la experimentación del veneno de Lachesis con dosis infinitesimales.
6 - El término policresto, de origen griego, proviene de chrestós: utilizable, bueno (que a su vez deriva de chrézo, chrô: necesitar, prestar). De ahí policresto significa medicamento que sirve para tratar muchas dolencias, o que es bueno o se puede utilizar en muchas enfermedades. En homeopatía un policresto es un medicamento que, habiendo producido muchos síntomas patogenéticos cuando fue experimentado, resulta por ello mismo de mayor utilidad terapéutica y puede ser utilizado en mayor número de casos que aquellos otros que produjeron tan sólo una pequeña cantidad de síntomas y que se conocen como “pequeños remedios”. Hay que aclarar no obstante que cualquiera de estos “pequeños remedios” cuando está bien indicado para un caso dado, se convierte inmediatamente en un gran remedio, de manera que no existen propiamente pequeños remedios sino remedios que se utilizan menor número de veces.