Cómo me convertí en homeópata

Índice
 

Los médicos alópatas y la homeopatía 9
La crítica y lo milagroso 13
El doctor Frapart 17
El doctor Giraud 23
El doctor Pétroz 25
Materia médica pura 31
Primeras impresiones 35
¿Por qué curan los medicamentos? 37
¿Por qué no son homeópatas nuestros 41
príncipes de la ciencia?
Sobre las patogenesias 43
Síntomas del psiquismo 47
Desaliento 51
Las aguas minerales 55
Bagnolles 59
El cornezuelo del centeno 61
La broncorrea y Trousseau 67
Sobre los tipos en patología 73
Médico enfermo 75
Tratamientos alopáticos 79
La brionia 85
Plan de estudio 93
Vitalismo de Hahnemann 95
Notas diversas 97
Fragmento de memoria 109
Observación I. Meningitis 117
Observación II. Pénfigo 127
Observación III. Artritis crónica 137
Observación IV. Asma 141
Observación V. Tiña granulada 145
Observación VI. Anemia 147
Observación VII. Neumonía crónica 151
Observación VIII. Neuralgia 161
Observación IX. Gastralgia 167
Observación X. Fiebre intermitente 173
Observación XI. Fiebre perniciosa 177
Observación XII. Epilepsia 181
Observación XIII. Hidrocefalia aguda 191
Recapitulación 203
Sobre la agravación medicamentosa 207
Sobre la posología 233

 

CÓMO ME CONVERTÍ
EN HOMEÓPATA

ALPHONSE TESTE

 

LOS MÉDICOS ALÓPATAS Y LA HOMEOPATÍA


¿Acabará por prevalecer algún día en el mundo médico la pobre doctrina de Samuel Hahnemann, tan despreciada, tan escarnecida, tan ridiculizada desde hace más de medio siglo? No sólo lo espero, sino que no me cabe la menor duda.
Si se llegara a penetrar en el pensamiento íntimo de los maestros más acreditados de la escuela oficial, se reconocería fácilmente que en su mayor parte admitirían sin repugnancia el similia similibus, principio fundamental de la homeopatía, y que, si aún lo rechazan ostensiblemente, es sólo para salvar el decoro. Supongo que protestan, a decir verdad y de buena fe, contra nuestra posología, pero mientras protestan, simplifican sus fórmulas y atenúan su dosificación conforme a nuestros preceptos.
Por otra parte, si un joven doctor, muy orgulloso de su reciente titulación y lleno de las ilusiones de su edad, declara resueltamente que no cree y nunca creerá en la homeopatía contra la que suelta si es preciso esos inevitables chistes que ya no hacen reír a nadie, los viejos prácticos, que saben muy bien a qué atenerse sobre los recursos terapéuticos de su escuela, pero que ya no se preocupan de aprender nada hastiados como están de su oficio, dicen muy bajo y riendo para sus adentros que, en resumidas cuentas, la homeopatía no podría valer menos que el galenismo, el humorismo, el solidismo, el brownismo, el rasorismo, el broussismo, etc.
Muchas personas, que no tienen ningún motivo para apasionarse en el debate, pero que la casualidad ha hecho testigos de algunos éxitos de los homeópatas, piensan que hay algo bueno por todas partes, y que si alópatas y homeópatas llegaran a entenderse, el beneficiado sería el público.
Para responder a las exigencias del enfermo que ante todo quiere ser curado y que ha oído alabar las virtudes de algunos de nuestros medicamentos, ciertos médicos de la antigua escuela, mientras condenan con sus burlas nuestra materia médica de la que no han leído ni una línea, no dejan de sacar a manos llenas, y con una increíble audacia, basándose en los simples, según dicen, medicamentos olvidados desde hace ya un siglo, pero casualmente rehabilitados por Hahnemann, tales como el acónito, el árnica, etc., que desde ahora tienen el insigne honor de figurar en sus fórmulas. También nos imitan al prescribir la belladona contra la meningitis, lo que, desde el punto de vista alopático, debería parecerles absurdo, pero si a pesar del sentido común, la belladona nos da resultado, ¿por qué no les daría resultado a ellos? Seguramente no sería preciso preguntar ni a los corifeos ni a los comparsas de la alopatía sobre qué principios reposan esas pueriles imitaciones, porque ninguno podría decirlo; pero no por eso dejan de mostrar una tendencia manifiesta.
Por último, los farmacéuticos alópatas, a los que inquieta precisamente el auge creciente de los infinitesimales, falsifican, por su parte y a su manera, los procedimientos hahnemannianos; inventan los gránulos para oponerse a los glóbulos, de tal modo que el público, si creyera en las apariencias, podría imaginar que entre homeópatas y alópatas ya no queda sino una disputa verbal.
De todo esto resulta que el abismo que separaba antaño la doctrina de Hahnemann de todas las antiguas doctrinas médicas parece haberse reducido insensiblemente a las proporciones de un estrecho foso que cualquier recién llegado podría franquear a voluntad sin esfuerzo. Pero miremos más de cerca y desconfiemos del espejismo. Para mí, el abismo existe todavía y sostengo que, para pasar de una orilla a otra de un salto y sin experimentar ni asombro ni desconcierto ni desfallecimiento, es preciso estar dotado de un poder de concepción y de una ausencia de prejuicios que declaro no haber encontrado nunca en nadie. Pero en este relato de mis impresiones personales se verá por qué sucesión de circunstancias, de hechos y de deducciones se impone la verdad. Sin duda, más de uno de nuestros colegas y posiblemente también más de uno de nuestros adversarios reconocerán rasgos de su propia historia en la mía. De manera que, con un poco de suerte, no habré perdido el tiempo escribiendo estas páginas porque contendrán su enseñanza.

LA CRÍTICA Y LO MILAGROSO

Soy escéptico por temperamento e investigador por instinto; la naturaleza me ha hecho así. El doctor Frapart, que era un gran frenólogo, me conocía aún muy poco, cuando me dijo un día al explorar mi cráneo: "Usted tiene más aptitud para las ciencias exactas que para las obras de pura imaginación; le falta creatividad. Podrá llegar a ser un escritor; nunca será ni un artista ni un poeta. Las facultades que, en su cabeza, dominan a todas las demás son la causalidad y la memoria de los hechos: trate de utilizarlas". Mientras me hacía sonreír, no dejó de sorprenderme este horóscopo, pues concordaba tan perfectamente con la propia apreciación que tenía de mí mismo que, en cierta medida al menos, me hizo creer en el sistema de Gall.
Quede claro que si menciono aquí esos detalles que podrían parecer pueriles, no es para satisfacer unas simples ganas de hablar de mí, sino para mostrar únicamente lo poco dispuesto que estuve y aún estoy por mi naturaleza a aferrarme a lo milagroso. Y sin embargo, por una aparente contradicción que he padecido a veces más de lo que podría pensarse, una gran parte de mi carrera científica estuvo consagrada, bajo la presión de circunstancias tan fortuitas como imperiosas, a la investigación y al examen de fenómenos considerados milagrosos.
Pero ¿qué entendemos por milagroso?
Si se entiende una patente infracción de las leyes eternas de la naturaleza, lo milagroso desde ese momento es para mí lo imposible; y no creo en lo milagroso porque no creo en lo imposible. Pero esas leyes de la naturaleza, que admiramos tanto más cuanto más profundizamos en ellas, ¿quién tiene la certeza de conocerlas lo suficiente para afirmar, a priori, que tal hecho nuevo que se señala las contradice? Ignorar y aprender, aprender más y seguir ignorando, ¿no es ése el destino de la humanidad? No olvidemos por otra parte que, en las conquistas del espíritu humano, la comprobación de los hechos ha precedido siempre y necesariamente al descubrimiento de las leyes que los rigen. Y sin embargo, rara vez vacilamos antes de rechazar de buenas a primeras todo lo que se sale más o menos del ámbito de nuestros hábitos y nuestras certezas, etiquetándolo de milagroso y por lo tanto imposible.
Cuando surge un hecho nuevo, a poco que su comprobación exija cierto esfuerzo de atención, a poco que experimentemos sobre todo alguna dificultad en hacerlo entrar en la categoría de los hechos aceptados, nuestro primer movimiento es negarlo hasta que se nos explica, o, más a menudo aún, hasta que, a fuerza de reproducirse, no tenga ya nada nuevo para nosotros. Entonces, una vez convencidos, nos asombramos y hasta nos irritamos de las dudas que compartíamos no hacía mucho y que subsisten a nuestro alrededor; qué justo es este pensamiento de Montaigne: "Discrepamos tanto de nosotros mismos como de los demás".
La creencia en lo milagroso apenas es ya de nuestro tiempo: la crítica sana ha hecho justicia. Ahora bien, me gusta la crítica sana, dicho de otro modo, la crítica erudita; es el tamiz que separa la verdad del error. Pero para no fallar en su misión, para asegurar el progreso sin ponerle trabas nunca, la crítica debe evitar, hasta donde sea humanamente posible, los prejuicios y las ideas preconcebidas. Lo extraño de un fenómeno, sobre el que está llamada a pronunciarse, nunca es una razón para que lo rechace sin comprobación, sobre todo cuando ese fenómeno no ofrece en sí nada contradictorio y es confirmado por hombres competentes y fidedignos. De lo contrario, muchas realidades se nos escaparían bajo el velo de lo milagroso, y útiles verdades serían tratadas como quimeras.
Los primeros hombres que vieron de noche pequeñas llamas azules vagar por el suelo de un cementerio o en la superficie de una ciénaga creyeron, sin duda, asistir a un prodigio. Contaron temblando lo que habían visto: eran duendes o las almas de los difuntos, y se los creyó sin dificultad, supongo, porque los pueblos primitivos son crédulos. Pero ¿qué hubiera sucedido si, confundiendo el hecho con la falsa interpretación que se le daba, una crítica orgullosa se hubiera contentado con negarlo por la única razón de que era imposible, y sin ni siquiera tomarse la molestia de ir a asegurarse de visu si existía o no existía? Durante quizás mucho tiempo, el más simple y el más real de los fenómenos físicos hubiera pasado por una fábula absurda.
Pues bien, es preciso decirlo, la crítica médica en nuestros días, tan orgullosa y segura de ella misma, ha tratado y sigue tratando con la misma ligereza más de una verdad cuya importancia no es menor, a fe mía, que la de los fuegos fatuos. ¡Qué prevención, qué injusticia, qué odio ciego y sin motivos ha mostrado, por ejemplo, con respecto a Hahnemann y su doctrina! ¡Parece imposible que los prejuicios y la pasión desorienten hasta ese punto a hombres inteligentes! ¿Sería pues una necesidad que toda gran verdad científica como toda gran verdad moral no pudiera brillar con todo su resplandor e iluminar a la humanidad más que después de haber sufrido la prueba del martirio? Es, por lo menos, lo que parecería probar la historia de casi todos los hombres de talento y de la mayor parte de los grandes descubrimientos.
Los médicos que juzgaron a Hahnemann habían leído, a lo sumo, algunas páginas de sus libros, y podría certificar si es preciso poniéndome a mí mismo desgraciadamente como ejemplo, que al menos varios de ellos no habían leído ni una línea. En cuanto a su doctrina, lejos de haberla sometido, como era su deber antes de pronunciarse sobre ella, al control de una experimentación regular y lo bastante prolongada, no conocían más que vagamente y de oídas los principios generales. Además, nada más miserable y extrañamente burlesco que los juicios que emitieron y aún emiten hoy.
¡Y cuando pienso que yo también juzgué de ese modo durante años a Hahnemann y su escuela, y que esta opinión que tenía de la homeopatía y de los homeópatas no estaba fundamentada absolutamente en nada; que la había recogido tontamente, a ejemplo de tantos otros, tal y como la encontré en la corriente cenagosa de la voz pública que arrastra tantas tonterías, me siento enrojecer de vergüenza! ¡Es llamativo cómo en la edad de las pasiones despreciamos casi todos tanto la probidad como la inteligencia del otro! Nos libramos, a Dios gracias, y yo soy la prueba, de esas opiniones espontáneas y de esas deducciones desconsideradas, pero siempre nos libramos demasiado tarde; porque "la experiencia, dice un escritor famoso, es una llama que sólo nos ilumina devorándonos.
Los primeros médicos homeópatas con los que el azar hizo que me relacionara fueron, en el orden siguiente, Frapart, Giraud y Pétroz.

EL DOCTOR FRAPART


Frapart, en la época en la que lo conocí (1841), casi me doblaba la edad; rondaba los cincuenta. Pero conservaba, bajo su pelo entrecano y siempre alborotado, la mirada ardiente, la actividad mental, el vigor moral y quizás también algunas de las ilusiones de la adolescencia. Era el apóstol caballeresco del progreso en su conjunto. Frenólogo, magnetizador, homeópata; soñando alternativamente con la reforma social, el motor eléctrico, la navegación aérea; más culto que erudito (su memoria era mediocre, y a menudo, como nos decía en su lenguaje pintoresco, su cerebro se quedaba en blanco); pero observador atento, paciente y fino; hombre luchador por encima de todo (era un rudo adversario), escritor conciso, lógico y mordaz (Cartas sobre el magnetismo es un libro de un polemista de primer orden), Frapart unía a estas facultades brillantes el culto a lo verdadero y un santo horror a la mentira. Austero en su vida privada, pobre y orgulloso de su pobreza como un rico de su fortuna, viviendo con poco para estar seguro, como decía, de vivir independiente, predicaba despóticamente la igualdad, reconociéndose pocos iguales. Su interior era una especie de república espartana, en la que todo el mundo comía en la misma mesa y si era preciso bodrio, pero en esa mesa no habría estado bien discutirle su autoridad. Parecía en toda circunstancia de una veracidad minuciosa y de una lealtad cándida; recto hasta la rigidez; franco hasta la descortesía; en fin, pues hay que decirlo todo, orgulloso de su inteligencia casi hasta la necedad.
Esta singular mezcla de cualidades y defectos hacía del doctor Frapart un tipo de los más originales, que no olvidarán nunca los que lo conocieron. Lo queríamos tal como era, quizás a fuerza de estimarlo; porque, aunque en el fondo fuera afectuoso y servicial, su humor desconfiado lo hacía poco tratable y difícil de aguantar. Carecía de tolerancia y era difícil abordarlo sin toparse con las asperezas de su virtud.
Frapart había sido amigo de Broussais y se jactaba, lo que era la pura verdad como me cercioré de ello después, de haber llevado a este gran reformador a probar, por su propia cuenta durante el curso de la enfermedad a la que acabó por sucumbir, y eso durante cuatro meses consecutivos, la medicación homeopática: lo que sencillamente me rebelaba. Broussais, fundador y jefe intratable de la escuela fisiológica, abanderado del materialismo, me hubiera sorprendido menos en aquel tiempo, estoy seguro de ello, esperando su curación de una novena o de una peregrinación que administrándose glóbulos. Y sin embargo, lo repito, el hecho era exacto, la sola palabra de Frapart no habría debido dejarme dudar de ello (y lo traigo a colación hoy sin experimentar la más ligera sorpresa); porque, como hombre de talento que era, Broussais tenía justo lo que hacía falta para comprender a Hahnemann a la primera.
Pero si Frapart tenía a su servicio razones bastante poderosas y perentorias para convencer a Broussais, ¿por qué desdeñaba utilizarlas con nosotros, sus íntimos, en vez de aburrirnos o impacientarnos, como hacía tan a menudo, con los relatos ingenuos, y sin pruebas que lo apoyaran, de las curas, fantásticas para nosotros, que pretendía deber a los infinitesimales?
¡Los infinitesimales! Eso era todo lo que yo conocía de la homeopatía, porque ése era el único punto que se me hubo mostrado, sin explicármelo, y ese primer punto me parecía tan absurdo, tan extravagante, que no experimentaba el menor deseo de aprender más. Qué fácil le hubiera sido, no obstante, a Frapart triunfar sobre mis prevenciones y hacerme tocar con el dedo una realidad, en lugar del fantasma ridículo que se obstinaba en dejarme ver, y cuyas continuas exhibiciones acababan por inspirarme un invencible hastío. Yo estaba ávido de sus palabras, y él me consagraba de buena gana sus ratos libres: ¿qué le hubiera impedido, por ejemplo, hablarme así?:
"Usted me conoce y tiene confianza en mí, porque me conoce. No soy ni un bribón ni un necio, de sobra lo sabe usted. Enfermo desde hace más de veinte años, he llamado a todas las puertas para obtener, no una curación imposible, sino alivio; sólo la homeopatía me lo ha dado; le debo la poca salud que me queda. En fin, después de haber constatado bien y en forma debida personalmente sus efectos, hace varios años que la practico, sin dejar de aplaudirme, y eso sólo debería llevarle a creer que no es ni charlatanería ni un absurdo.
"¿Qué es lo que le choca en sus principios? ¿Es la ley de semejanza? Es tan antigua como la medicina: Hipócrates la formula; Paracelso, envolviéndola de misterio, hace de ella el asiento de su doctrina; Stahl se detiene en ella con complacencia; muchos otros vuelven a ella después de él; Jenner hace de ella, en la vacuna, una aplicación curiosa pero excepcional. Por último, si durante veinticinco siglos esta ley de semejanza sigue siendo papel mojado, es que su aplicación necesitaba previamente la experimentación fisiológica de varios cientos de medicamentos: obra inmensa, colosal, que es y que seguirá siendo, como comprenderá usted más tarde, la gran gloria de Hahnemann.
"¿Es posible que usted añore la polifarmacia (las fórmulas magistrales y oficinales), las mezclas de cien drogas, la acción de cada una de las cuales era desconocida, y que, a menudo y afortunadamente quizás, se neutralizaban recíprocamente en esas monstruosas mezclas? En este caso, mi querido amigo, resígnese, porque Broussais (y ése es el único verdadero servicio que haya prestado a la medicina) ha reprobado esas enormidades, y ya nada subsiste hoy de la antigua, por no decir innoble, farmacopea de nuestros padres.
"¿Le hablaré ahora de la teoría de la psora? ¿Para qué? No obstante, es una gran cuestión la que abarca la herencia de las enfermedades, las transformaciones que pueden sufrir al pasar de una generación a otra, etc., etc. Pero como, en definitiva, se puede llegar a ser homeópata sin aceptar explícitamente la doctrina de la psora tal como Hahnemann la concibió, no se preocupe por ahora y haga de ello, si le parece bien, una cuestión reservada.
"Queda pues la cuestión de las dosis infinitesimales, completamente necesaria, de la ley de semejanza: cuestión capital, delicada, un poco abstracta quizás, pero en el fondo mucho menos impenetrable de lo que supone usted.
"La peste, el cólera, la fiebre amarilla, la fiebre de los pantanos, la viruela, la escarlatina, la tos ferina, el crup, etc., en una palabra todas las epidemias; diré más, todas las enfermedades, con excepción de aquéllas que resultan de causas físicas, químicas o traumáticas, son producto cada una de un miasma. Pero ¿qué es un miasma sino un agente material, sui generis, dividido, enrarecido, dinamizado por la naturaleza; de una incomparable sutileza, tan imperceptible e imponderable como la electricidad que le sirve quizás de vehículo? En resumen, un miasma es un agente infinitesimal. Y esto, fíjese bien, casi nadie lo discute, porque apenas es discutible, y, lo que es más fuerte, casi nadie se sorprende de ello, por la sencilla razón, dirá usted, de que casi nadie piensa en ello; pero también porque no podríamos sorprendernos de lo que vemos todos los días. Ahora bien, al meditar sobre estos fenómenos es cuando Hahnemann, el gran pensador, llegó a decirse sin duda: Al principio infinitesimal morbífico es necesario oponer un agente infinitesimal curativo; ¡magnífica concepción, admirable teoría!, pero sólo era una teoría; porque, ¡dónde encontrar en la naturaleza el similar de un miasma, y si existiera, cómo hacerse con él! Pues bien, Hahnemann resolvió este gran problema.
"Si, conforme a las anodinas e irritantes bromas, que desde hace demasiado tiempo hacen las veces de argumentos a nuestros detractores, se le hubiera ocurrido, para atenuar sus agentes terapéuticos, echar un grano de éstos en la corriente de un río o en una cuba de vehículo, se habría podido decir con razón que el fundador de la homeopatía no era más que un iluminado. Pero Hahnemann no era un hombre que mancillara su gloria con una ineptitud tan monstruosa. Los procedimientos que, para alcanzar su objetivo, empleó y cuyo descubrimiento no debió quizás más que a una feliz casualidad, pero a una de esas casualidades que sólo los hombres de su temple tienen el privilegio de reconocer, son tan simples como ingeniosos. No se los describiré; los encontrará por todas partes; y verá usted que al pasar sucesivamente por medios inertes, a los que se mezcla por la trituración, o la sucusión, de la manera más íntima, el medicamento se enrarece y se sutiliza, al igual que los efluvios tóxicos que se desprenden de ciertas plantas, de ciertas materias animales, o de ciertos detritus. ¿Cómo se hace eso? ¿Por qué es así? ¿Desempeñan los imponderables un papel en estas manipulaciones sucesivas? Lo ignoro por completo. Todo lo que puedo afirmar es que el medicamento, tratado de esta manera, adquiere una difusibilidad y una prontitud de acción sobre el organismo que no poseía en su forma primitiva; es que tal sustancia, inerte en su estado natural, puede convertirse así en un medicamento inestimable.
"Pero ahora, mi buen amigo, tómese el trabajo de estudiar y de experimentar usted mismo y trate de ver con sus ojos. Lea sobre todo a Hahnemann, léalo y reléalo sin cesar: le enseñará, en algunos días, más verdades de las que le han enseñado hasta ahora todos sus maestros."
Pues bien, sí, estoy seguro de ello, si, con la confianza que me inspiraba, con la autoridad que le daban sobre mí su edad, sus talentos y su carácter, Frapart hubiera querido expresarme estas simples ideas que, por otra parte, hubieran tomado en su boca una forma muy distinta, me habría impresionado profundamente. No digo que hubiera determinado, ni mucho menos, mi convicción (una convicción, en las naturalezas como la mía, no se produce en un día), sino que me habría dado el deseo de ver y me habría enseñado a ver sin desconfianza.
Desgraciadamente, rara vez sugería su manera de obrar. Rodeado como estaba de los pobres diablos que protegía a su manera, que lo halagaban a cada instante y de los que era el ídolo, estaba demasiado habituado a ser creído bajo palabra para tomarse alguna vez la molestia de demostrar algo. "Creo en la homeopatía, luego usted debe creer en ella. Qué me importa, por otra parte, que usted crea o no crea en ella; a ella no le hace falta usted para vivir, etc." Ésa era, o casi, la forma habitual de su propaganda que, se creerá sin dificultad, hacía pocos prosélitos. Además, mi opinión sobre Frapart, después de dos años de una intimidad bastante grande, habría podido traducirse así: Frapart es un hombre de bien y un hombre brillante; un carácter elevado, chapado a la antigua; pero como muchos otros hombres superiores, en ciertos aspectos, estaba un poco loco.